Como su pastor, me detengo hoy a contemplar con ustedes una verdad que San Agustín expresaba con una profundidad que estremece el alma: “Sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos”. Al acercarnos al altar, no solo recibimos a Cristo, sino que somos confrontados con nuestra propia realidad como Cuerpo místico. La eucaristía, amados hermanos, no solo crea comunión, sino que nos educa para ella.
San Pablo ya advertía a los Corintos sobre el grave peligro de celebrar la cena del Señor manteniendo divisiones entre los hermanos. No se puede recibir el «misterio de la unidad» si no se posee el «vínculo de la paz». Quien comulga en discordia, como decía el obispo de Hipona, no recibe un beneficio, sino un testimonio contra sí mismo.
En nuestra realidad tachirense, donde la familia y la vecindad son tan importantes, debemos preguntarnos: ¿Es nuestra participación en la misa un motor de reconciliación? La eucaristía nos exige dejar atrás las rencillas para convertirnos en lo que recibimos: un solo cuerpo. Por eso, la misa dominical no es un simple precepto o una tradición social; es el lugar privilegiado donde la Iglesia se manifiesta como sacramento de unidad. El domingo, día del Señor, es por excelencia el día de la Iglesia.
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Miramos con gratitud a la Santísima Trinidad por el deseo ardiente de unidad que ha crecido entre los cristianos en las últimas décadas. El ecumenismo es un don de Dios, una gracia que nos impulsa a mirarnos como hermanos. Sin embargo, este camino hacia la unidad debe recorrerse siempre en la verdad.
La eucaristía es la meta suprema de esa unidad. Por esta razón, debemos ser claros y prudentes: no es posible la concelebración eucarística con comunidades que no están en plena comunión visible con la Iglesia Católica. Hacerlo sin una profesión de fe común, sin la integridad de los sacramentos y sin el vínculo del gobierno eclesiástico, no aceleraría la unión, sino que introduciría ambigüedades que oscurecerían la meta. La unidad que Cristo quiere es una unidad en la Verdad, no una ficción de concordia.
No obstante, la Iglesia, en su papel de madre y maestra, contempla excepciones por una grave necesidad espiritual. Existen circunstancias especiales donde cristianos de otras confesiones, que no están en plena comunión, pueden recibir los sacramentos de la eucaristía, la penitencia o la unción de los enfermos de manos de un ministro católico.
Para que esto ocurra, las condiciones son claras e inderogables: el fiel debe pedirlo libremente, manifestar la fe que la Iglesia Católica confiesa en estos sacramentos y estar debidamente dispuesto. Esto no es «intercomunión», sino una respuesta pastoral a la salvación de una persona singular. Del mismo modo, un fiel católico no puede comulgar en una comunidad que carece del sacramento válido del orden, pues el sacerdocio ministerial es pieza clave para la validez de la Eucaristía.
Hermanos, observar estas normas no es una cuestión de rigidez legalista. Al contrario, es una manifestación de amor puro. Amor a Jesucristo en el Santísimo Sacramento, amor a la Iglesia y amor a nuestros hermanos de otras confesiones, a quienes les debemos el testimonio íntegro de nuestra fe.
Que este tiempo de reflexión nos lleve a valorar la misa como el espacio donde aprendemos a ser hermanos. Que nuestra comunión en el altar nos impulse a ser artesanos de paz en nuestras comunidades. Pidamos a María, Nuestra Señora de la Consolación, que nos ayude a mantener vivo el hambre de la unidad plena, para que un día, todos los que invocamos el nombre de Cristo, podamos sentarnos a la misma y única mesa del reino.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


