El relato de los discípulos de Emaús, que la liturgia nos regala este tercer domingo de Pascua, no es la crónica de una decepción pasada, sino el espejo de nuestra propia realidad cotidiana. Al igual que aquellos caminantes que huían de Jerusalén con el corazón ensombrecido por la pérdida, muchos de nosotros transitamos hoy por las periferias de la esperanza, agobiados por las crisis sociales, las incertidumbres económicas y el peso de nuestras propias cruces.
Sin embargo, el Evangelio nos revela una verdad transformadora: el Resucitado no espera a que lleguemos a un destino sagrado para manifestarse; Él sale a nuestro encuentro en el camino mismo, en el polvo de la duda y en la fatiga del desaliento. Jesús se hace compañero de ruta, se interesa por nuestras preocupaciones y, con la paciencia del Maestro, ilumina nuestra historia desde las Escrituras.
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Hoy, el «Caminante de Emaús» nos interpela como Iglesia. En un mundo que a menudo camina a ciegas, nuestra misión es ser esa presencia que escucha, que consuela y que «hace arder el corazón» a través de la solidaridad y la palabra oportuna. Pero el reconocimiento definitivo ocurre en la fracción del pan. Allí, en la Eucaristía y en el gesto de compartir con el necesitado, se nos abren los ojos.
No volvamos la vista atrás. Que este domingo sea la oportunidad para invitar al Señor a quedarnos con nosotros, reconociendo que, a pesar de las sombras, la vida ha vencido a la muerte. ¡Cristo vive y camina a nuestro lado! Así sea.
Pbro. José Lucio León


