Hoy, el "Caminante de Emaús" nos interpela como Iglesia. En un mundo que a menudo camina a ciegas, nuestra misión es ser esa presencia que escucha, que consuela y que "hace arder el corazón" a través de la solidaridad y la palabra oportuna
La repercusión de esta fiesta en nuestra vida cotidiana debe ser doble: recibir y ofrecer. Quien se sabe profundamente amado por Dios en su miseria, adquiere una nueva sensibilidad hacia el prójimo
Con el lema “Aquí estoy Señor, mándame a mí” (Isaías 6,8), el presbítero ha mantenido una fe inquebrantable, la cual se evidencia en su máxima constante de “hay que servir al pueblo de Dios”