Bajo la premisa de seguir los pasos trazados por el Evangelio, José Gregorio Lavacude Labrador continúa su recorrido con la convicción de convertirse en un servidor humilde y colmado del Espíritu Santo. Por ello, este 30 de mayo recibirá por imposición de manos de monseñor Juan Alberto Ayala, obispo auxiliar de la Diócesis de San Cristóbal, su ordenación diaconal.
El acto eclesial se llevará a cabo en la parroquia San José Obrero de San Josecito, en el municipio Torbes, sitio donde actualmente realiza su año pastoral y que forma parte de una de sus metas que está pronta a cumplir.
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Con la ordenación como diácono, José Gregorio Lavacude coloca un ladrillo más en lo que hace ya tiempo tomó como una decisión de vida que se inició en el Cobre, municipio José María Vargas, cuando desde niño formó parte de la Iglesia, primero como un asiduo visitante católico comprometido, luego con su labor de monaguillo, hasta llegar al pináculo de su vocación: ingresar al seminario mayor diocesano Santo Tomás de Aquino.
En su vida personal el futuro diácono ha transitado por senderos de transformación, a sus tres años perdió a su mamá y a los siete a su padre. Sin embargo, el cobijo de una familia y un hogar lo encontró en su tía Lucía Labrador quien lo tomó como un hijo más y él recibió su amor de madre que hoy día ostenta con cariño y agradecimiento.

La pasión por ser sacerdote se gestó en el corazón de José Gregorio, quien considera que existe siempre un llamado y el suyo estuvo presente cuando veía con admiración como se revestía el sacerdote del templo donde era monaguillo: “yo lo miraba y decía dentro de mí yo quiero ser como él”.
Un obstáculo
Al principio la intención era ingresar al seminario menor, pero las condiciones económicas detuvieron el sueño por algunos años, los cuales no disiparon el deseo, puesto que el llamado ya residía en su corazón, el sacerdocio era más que una meta, se convirtió en una pasión que fue reforzada por un sacerdote quien se convirtió en su guía espiritual que aún, pese a las distancias, le muestra el camino para consagrarse como un servidor obediente.
“Las circunstancias para el momento no se dieron, o no se daban, a lo mejor por el tema económico de mi familia, pero luego, a través de un sacerdote, que se convirtió en mi director espiritual durante muchos años, renovó mi entusiasmo para que no perdiera mi norte, el cual continué cuando me gradué de bachiller”.

El 25 de septiembre de 2013, José Gregorio Lavacude ingresó al seminario Mayor y fue parte del último grupo que tuvo como sede la Casa de Formación Juan Pablo II, en Peribeca. Allí inició el curso propedéutico, luego los 3 años de filosofía, después realizó el año pastoral en la parroquia Santísima Trinidad de Pirineos II en San Cristóbal.
“Luego los 4 años de teología y terminando mis estudios en el último año de teología fui formador de la Casa Sacerdotal Juan Pablo II en La Grita. (…) yo tuve 2 años por fuera como parte de un episodio que me sirvió mucho para reingresar y unirme con mayor vocación y consciente de mi única y verdadera pasión de ser sacerdote”.
El tiempo de retiro para José Gregorio Lavacude fue necesario para asentir que el sacerdocio es lo que ama y lo que quiere ser, como él mismo lo expresa, es lo que quiere para su vida con lo cual aportará un grano de arena para el bien de la Iglesia a través de su servicio y entrega.

¿Qué representa el sacerdocio en tu vida?
El sacerdocio yo lo definiría como el corazón de Cristo, es despojarse uno humanamente, es dejar de ser uno, para darse a los demás. El sacerdocio es mostrar a Jesús, esa es la clave. En mi tesis de teología yo tuve la oportunidad de estudiar las homilías presbiterales de monseñor Mario Moronta, y él decía algo muy cierto, que es configurarse a Cristo, es ser el mismo Cristo en las cosas que se realizan a nivel pastoral, en una parroquia, en el servicio que uno esté, porque al final tenemos que mostrar a Cristo a los enfermos, a los pobres, incluso a los formadores, entonces esa es la clave.
¿Qué vas a dar tú como sacerdote?
El aporte yo creo que es el mismo mandamiento. Todo lo que vivió Jesús en la última cena, yo creo que allí radica todo. Incluso ahorita el diaconado es una preparación. Nos configuramos a Cristo como siervo, como servidor, el que se rebaja, pero también el que está allí, a la disposición. Y yo creo que ofrezco, un futuro para la iglesia. Además de amor, compromiso y consuelo.
¿Un mensaje para quienes tienen dudas de su vocación?
El mensaje que yo les daría, a los jóvenes es no tener miedo a los desafíos que se puedan presentar en la vida. Todos somos llamados a algo, a una vocación y somos llamados a vocaciones distintas. Solamente que tenemos que pedir a Dios, esa luz y sobre todo qué decisión tomar ante ese llamado vocacional. Y que, si me arriesgo y en algún momento me doy cuenta que no es lo mío, lo que queda es que se intentó y que con eso se forjaron muchas de las virtudes que a lo mejor no sabías que tenías. La intención también es forjar nuestra mente.
Carlos A. Ramírez B.


