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Esperanza entre los escombros

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La tarde del 24 de junio de 2026, mientras Venezuela celebraba las fiestas de San Juan y la batalla de Carabobo, dos terremotos consecutivos  de magnitud 7,2 y, treinta y nueve segundos después,  de 7,5 sacudieron nuestro país. En menos de un minuto, la fiesta se volvió luto y duelo: La Guaira y Caracas quedaron devastadas, con edificios desplomados, hospitales desbordados y familias enteras a la intemperie.

En esa oscuridad se encendió una señal: personas bajo los escombros lograron avisar que seguían con vida, y su mensaje reavivó a los rescatistas. Esa pequeña luz encierra la pregunta de fondo: ante tanta muerte y desesperanza, ¿de qué esperanza somos capaces y testigos?

Un duelo que se ha hecho comunitario

El duelo, casi siempre íntimo, se ha vuelto de golpe comunitario: un pueblo entero llora a la vez. Y no llora solo a los muertos, sino también la casa perdida, el barrio irreconocible, el suelo que se creía firme. Ante una herida así acechan dos tentaciones: esconder el dolor, o rendirse a la desesperación. La fe propone un tercer camino: entrar en ese dolor con el Evangelio en la mano.

Lea también: Celebraron eucaristía en memoria de fallecidos por terremotos en Sagrario Catedral 

La esperanza no es ingenuo optimismo

La esperanza de la que hablamos, no es ingenuo optimismo. El optimismo repite que “todo saldrá bien” y se apoya en nuestros cálculos; la esperanza se apoya en Dios. Existe una gran esperanza que “solo puede ser Dios” (Spe salvi n.31), porque únicamente Él permanece firme cuando todo lo demás se tambalea.

No es una virtud cualquiera: la esperanza sostiene a quien camina hacia un futuro arduo pero cierto, la vida eterna. Y eso convierte a la esperanza, ante un terremoto, en el realismo más hondo: no cierra los ojos a la muerte, sino que la mira de frente y afirma que la muerte no tiene la última palabra, porque Cristo ha resucitado.

El kerygma, la vida que es anunciado entre las ruinas

Aquí está el corazón del anuncio cristiano: “Dios ha resucitado al crucificado” (Jürgen Moltmann). No como consuelo barato ese “no llore, ya descansa”, sino como la certeza de que el Crucificado vive y de que los que han muerto están sostenidos por un Amor más fuerte que la muerte. Por eso, anunciar el Evangelio en La Guaira no es responder a la pregunta “¿por qué?”, sino abrir otras dos: “¿hacia dónde?” y, sobre todo, “¿con quién?”.

¿Con quién caminar?

En el camino de Jericó, junto al buen samaritano, hubo también salteadores que dejaron medio muerto al hombre (cf. Lc 10, 30); y en toda catástrofe, al lado de quienes tienden la mano, aparecen quienes se aprovechan de la desgracia. El herido, vulnerable, puede ceder a propuestas engañosas. Por eso importa tanto con quién se camina.

El Evangelio ofrece la imagen exacta de lo que toca hacer: el samaritano cura al herido, lo carga sobre su cabalgadura y lo lleva a una posada para que se restablezca (cf. Lc 10, 30-35). “Esa posada es la Iglesia”  (Orígenes, Homilía XXXIV, sobre el Evangelio de Lucas).

Hoy, la Iglesia venezolana, ¡Venezuela entera! esta llamada a ser «posada» segura donde los heridos en el cuerpo y en el alma encuentren techo, cuidado y consuelo, y donde nadie quede a la intemperie ni a merced de quien abuse de su dolor. Y Cristo sigue confiando el cuidado de los suyos, como confió aquel herido al posadero: “cuida de él”(Lc 10,35).

Esos posaderos ya tienen rostros concretos: los rescatistas que no se rinden, las parroquias que abren sus puertas, los voluntarios, los vecinos que comparten lo poco que les queda y tantos de dentro y de fuera del país que estos días están dando la mano e incluso esos compañeros de cuatro patas como Tsunami. A todos ellos, Dios les pague: en sus manos, la esperanza se vuelve creíble. En ustedes se ha hecho vida la expresión de san Juan de la Cruz: “la herida de amor solo se cura con la presencia y la figura” (Cántico espiritual, estrofa 11).

La noche es oscura, pero la aurora le pertenece al Señor. Sigamos orando, ayudando, amando: Venezuela no está sola, porque Dios camina con su pueblo. “Cercano está el Señor a los de corazón quebrantado” (Salmo 34,19). Él llora con quienes lloran (cf. Jn 11,35).

 Pbro. Carlos Pérez

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