Este 28 de mayo, la Iglesia Local se une en júbilo y acción de gracias al conmemorarse el décimo aniversario de la ordenación episcopal de Monseñor Francisco Escalante, distinguido hijo de la aldea Quebrada de San José, de La Grita municipio Jáuregui, y actual Nuncio Apostólico en Japón.
Con una impecable trayectoria en el servicio diplomático de la Santa Sede, el prelado tachirense compartió su testimonio sobre los desafíos, la responsabilidad y la gracia de ser el rostro de la cercanía del Papa Francisco en tierras lejanas.
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Recordando el inicio de su ministerio como Nuncio, Monseñor Escalante evoca con viveza el día en que su vida dio un giro definitivo. Se encontraba sirviendo en la Nunciatura Apostólica de Eslovenia cuando llegó el nombramiento de parte de la Santa Sede.
“Estábamos participando en una misa, en una parroquia, visitando a un obispo junto al nuncio y las hermanas de la comunidad. A las 12 en punto de Roma, el nuncio pidió la palabra y anunció mi nombramiento como Nuncio Apostólico para el Congo y Gabón”, expresó.

Mencionó que fue un momento muy emotivo, la gente estaba feliz y sorprendida. Si bien ya habría dado su consentimiento previo, cuando se hace público, sostiene que la dinámica cambia, pues debía organizar maletas, dejar el país y asumir una responsabilidad completamente diferente.
La fecha del anuncio fue del 19 de marzo, solemnidad de San José. Para el diplomático de la Santa Sede, esta coincidencia no fue casual, sino una confirmación arraigada en sus raíces y en su visión de la misión.
“Me cautiva la figura de San José en relación al trabajo diplomático, ya que fue un hombre tranquilo, sereno, que siempre actuó en segundo plano. En la diplomacia, el trabajo silencioso y detrás de escena suele ser mucho más efectivo que los grandes anuncios en los periódicos. Por eso, en mi escudo episcopal incluí la escuadra de San José, para honrar ese sentimiento de negociar, organizar y trabajar desde la discreción”, indicó.
Tras haber servido como secretario en Ghana, Sudán, Togo y Benín, su llegada al Congo y Gabón como Nuncio y posteriormente su paso por Haití, una nación marcada por complejos desafíos de seguridad, redefinieron el peso de su labor.

Monseñor Escalante explicó que el servicio de un Nuncio está basado en mantener relaciones cordiales de Estado a Estado y con el cuerpo diplomático, promoviendo acuerdos, facilitando los encuentros del episcopado con las autoridades y velando por el bienestar de la Iglesia en esa nación.
Del mismo modo, ser un factor de unidad con el sucesor de Pedro. “Representamos al Santo Padre sin menoscabo de la autoridad de cada obispo en su diócesis, colaborando con ellos para fortalecer los lazos con Roma”, detalló.
Trabajo en Japón
Hoy, su misión lo encuentra de regreso en Japón, un territorio que ya conocía tras haber sido secretario de la nunciatura entre 2008 y 2012. El Nuncio describe esta nueva etapa como un estilo de trabajo diferente, en un país sumamente organizado y pacífico, pero donde los católicos representan una pequeña minoría.
“Aquí mi esfuerzo principal ha sido manifestar la cercanía del Santo Padre, visitar a las comunidades, celebrar la eucaristía y acompañar a esta Iglesia que, aunque pequeña, es profundamente fiel”, señaló Monseñor Escalante.

Resaltó que la fe en el país asiático es fruto de insignes mártires y de comunidades que sobrevivieron en el silencio y la persecución por más de 200 años, cuando Japón estuvo cerrado al mundo. Hoy, esa feligresía la conforman tanto japoneses como migrantes latinos y de otros países de Asia.
Aprender el idioma, adaptarse a tradiciones milenarias y abrazar nuevas culturas forman parte de los constantes desafíos de su vida itinerante; retos que el prelado asume con profunda confianza en la providencia divina.
“Al final, todo este trabajo es en función de anunciar la palabra de Dios. Es un encargo de la Iglesia, y para cumplirlo uno recibe del Señor las gracias y la inspiración del Espíritu Santo sobre qué hacer y cómo trabajar”, concluyó.
Maryerlin Villanueva


