Vivimos en una época marcada por la prisa, la polarización y una sutil hostilidad hacia los valores del Evangelio.
En medio de este panorama, las palabras de Jesús en el XII domingo del Tiempo Ordinario (Mateo 10, 26-33) resuenan con una vigencia estremecedora: «No tengan miedo a los hombres». El Señor no nos promete un camino libre de dificultades, sino una certeza absoluta: la Providencia divina nos sostiene.
El mundo actual intenta silenciar la verdad o diluirla en el relativismo. Ser cristiano hoy exige la valentía de manifestar la fe en la plaza pública, en las conversaciones cotidianas y en las decisiones familiares. Jesús nos invita a sacar a la luz lo que hemos aprendido en la intimidad de la oración, recordándonos que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados y que valemos más que muchos pajarillos.
Lea también: Culmina con alegría visita pastoral a comunidad de Hernández
El miedo es el gran paralizador de la misión. Nos encierra en una falsa comodidad y nos vuelve cómplices del silencio. Sin embargo, este texto evangélico es un llamado a la parresía, esa audacia santa para dar testimonio de Cristo sin temor al juicio social o al rechazo.
Reconocer a Jesús ante los hombres de nuestro tiempo -con nuestras obras de caridad, nuestra defensa de la dignidad humana y nuestra fidelidad a la Verdad- es la única respuesta coherente.
Que este tiempo sea un despertar espiritual. No temamos las tormentas de la cultura contemporánea; confiemos en Aquel que ya ha vencido al mundo. Así sea.
Pbro. José Lucio León Duque


