Qué alegría tan profunda compartir con ustedes esta reflexión sobre el misterio central de nuestra fe. Como pastor de nuestra Iglesia, me conmueve ver cómo el Catecismo de la Iglesia Católica condensa con tanta fidelidad y belleza el milagro que vivimos cada vez que nos reunimos en el altar.
Miremos juntos estos tres rostros del misterio eucarístico: la acción de gracias, el memorial y la presencia real. Cuando nos acercamos al altar, lo primero que brota del corazón cristiano es la gratitud. La palabra misma, Eucaristía, significa «acción de gracias».
En la santa Misa ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos ha dado primero. Los dones de la creación el pan y el vino, fruto de la tierra y del trabajo del ser humano se convierten en nuestra ofrenda.
Damos gracias por la vida, por la creación, pero sobre todo por la redención en Cristo. Es una alabanza que no hacemos solos, sino unidos a Jesús. Él eleva nuestra humilde voz al Padre. En un mundo que muchas veces vive en la queja o en la insatisfacción, la Eucaristía nos educa en la gratitud. Nos enseña a reconocer que todo es gracia, que todo es don de Dios.
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Desde los orígenes de la Iglesia, a pesar de los siglos y las diferencias culturales, la sustancia de la Misa no ha cambiado. ¿Por qué? Porque estamos cumpliendo un mandato de amor: «Haced esto en memoria mía».
Pero cuidado, para nosotros los católicos, «hacer memoria» (el memorial) no es simplemente recordar un hecho del pasado, como quien mira una fotografía antigua. En la liturgia, el memorial tiene un poder maravilloso por la gracia del Espíritu Santo: hace presente hoy el sacrificio de la cruz.
No es que Cristo vuelva a morir, es que el único y definitivo sacrificio que Jesús hizo en el calvario se desborda en el tiempo y alcanza nuestro presente. Al participar en la Misa, tú y yo estamos espiritualmente al pie de la cruz, recibiendo los frutos de la salvación, de la entrega total de Jesús por amor.
Por el poder de la palabra y de la acción del Espíritu Santo, la sustancia del pan y del vino se transforma en el cuerpo y la sangre de nuestro Salvador. Esto no es un símbolo ni una metáfora. Cristo se hace real y misteriosamente presente. Es el misterio de un Dios que no se quedó lejos, mirando nuestra historia desde el cielo, sino que eligió quedarse bajo las especies más humildes para ser nuestro alimento en el camino de la vida. Él sale a nuestro encuentro en cada comunión para sanar nuestras heridas, fortalecer nuestra debilidad y recordarnos que nunca caminamos solos.
Te invito, pues, a que la próxima vez que participes en la santa Misa, te sumerjas conscientemente en esta triple realidad. Da gracias con el corazón abierto, contémplate al pie de la cruz en el memorial de su entrega, y adora con profunda fe a Cristo vivo que se te entrega en la comunión. Que la Santísima Virgen María nos enseñe a vivir cada Eucaristía con un corazón agradecido.
Te bendigo de corazón en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


