En este XIV Domingo del Tiempo Ordinario, la parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13, 24-30) nos interpela profundamente en el contexto de nuestra Venezuela actual.
El mundo, que es el campo de Dios, parece a menudo invadido por la cizaña: la división, la desesperanza y las heridas sociales que dificultan el encuentro. La tentación inmediata, ante las dificultades, es el juicio apresurado o el deseo de «arrancar» lo que percibimos como dañino.
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Sin embargo, la pedagogía de Jesús nos invita a la paciencia y la mirada misericordiosa. En una sociedad fragmentada, la fraternidad no es un ideal abstracto, sino el acto valiente de convivir sin dejarnos vencer por la lógica de la exclusión.
Para el venezolano de hoy, esta parábola es un llamado a no perder la esperanza. La fraternidad se vive precisamente cuando, en medio de la adversidad, elegimos ser «trigo» -semilla de bien, de escucha y de alivio para el que sufre- en lugar de contribuir a la espiral de conflicto.
Al igual que Jesús nos invita a cargar su yugo, que es suave, la fraternidad se construye en la humildad: reconociendo que todos somos necesitados de Dios y que nuestra tarea no es juzgar al hermano, sino sostenernos mutuamente en el camino.
Que este día sea un compromiso para cultivar puentes allí donde el odio levantó muros. La cosecha final pertenece a Dios; la nuestra, hoy, es sembrar amor y unidad, confiados en que el bien, por pequeño que parezca, siempre tiene la última palabra. Así sea.
Pbro. José Lucio León
Director


