Queridos hermanos y hermanas en Cristo que la paz, el gozo y la bendición de nuestro Señor Jesucristo colmen cada uno de sus hogares y comunidades parroquiales.
Al volver nuestra mirada a las sagradas enseñanzas de la Iglesia, nos encontramos con el corazón palpito de nuestra vida cristiana como lo es la invitación apremiante del redentor a participar del banquete pascual. Jesús no nos ofrece una simple doctrina ni un símbolo abstracto; se nos ofrece a Sí mismo como pan vivo bajado del cielo. Su voz resuena en el Evangelio de San Juan con una urgencia llena de amor: «Si no coméis la carne del hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros».
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Si en nuestra vida hay presencia de pecado grave, la coherencia del amor nos pide acudir primero al sacramento de la reconciliación. Es en el confesionario donde experimentamos la misericordia entrañable del Padre que nos abraza, limpia nuestras vestiduras y nos devuelve la dignidad para sentarnos a la mesa del rey.
Aun estando en gracia de Dios, el alma verdaderamente creyente reconoce siempre su pequeñez frente a la grandeza del don eucarístico. Por eso, antes de la comunión, hacemos nuestras las palabras del centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».
Esta invitación divina exige de nuestra parte una respuesta consciente, respetuosa y enamorada. No podemos acercarnos a la sagrada comunión como quien cumple una rutina o realiza un acto puramente social. La Iglesia, como madre y maestra, nos recuerda la advertencia del Apóstol San Pablo sobre la necesidad de examinar nuestra conciencia antes de comulgar.
Esa misma actitud de reverencia debe manifestarse exteriormente. El ayuno eucarístico, nuestra vestimenta adecuada y nuestros gestos corporales no son formalismos vacíos; son el reflejo visible del amor y la solemnidad con que recibimos al Huésped divino en nuestra alma.
Hermanos, la Iglesia nos pide como precepto mínimo recibir la eucaristía al menos una vez al año y participar fielmente en la misa todos los domingos y días de fiesta. Sin embargo, el amor no vive de mínimos. La recomendación viva de la Iglesia es acercarnos con frecuencia al sagrario, si es posible todos los días, para recibir el alimento celestial que fortalece nuestros pasos en medio de las pruebas de este mundo. Ya sea recibiendo la comunión bajo la especie de pan o bajo ambas especies, Cristo se nos entrega entero en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Los exhortos a revitalizar el amor por la Sagrada Eucaristía en nuestras familias y parroquias. Que cada Santo Sacrificio del Altar sea para todo un verdadero encuentro transformador, donde Jesús no solo entre en nuestras vidas, sino que nos convierta a nosotros en pan partido y compartido para nuestros hermanos más necesitados.
Les envío a todos mi paternal bendición en el Nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


