En un mundo marcado por el ruido, la prisa y la fragilidad de nuestras propias fuerzas, el ser humano contemporáneo busca con desespero un ancla de esperanza.Se buscan respuestas en ideologías efímeras o en la autosuficiencia tecnológica, solo para encontrarse nuevamente con la soledad y el desasosiego.
El Evangelio de Mateo (16, 13-20) nos traslada a Cesarea de Filipo y nos confronta con la misma pregunta crucial que Jesús formuló a sus discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». La respuesta de Simón Pedro no nace de la carne ni de la sangre, sino de una revelación del Padre: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
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En esta confesión de fe radica el verdadero fundamento de nuestra esperanza. Jesús no es un personaje del pasado ni un mero maestro de moral entre otros; es el Dios con nosotros que da sentido a las alegrías y a los dolores de la existencia humana. Al nombrar a Pedro como la roca sobre la cual edificaría su Iglesia, el Señor nos promete que las fuerzas del mal no prevalecerán.
Esta promesa es la luz que debe guiar al hombre de hoy. La fe no nos exime de las tormentas, pero nos da la certeza de que no navegamos solos. Redescubrir a Cristo como el Hijo del Dios vivo transforma la desesperanza en compromiso y el miedo en caridad. Que esta verdad resuene hoy en nuestros hogares: en la entrega de Cristo encontramos la roca firme donde la esperanza nunca defrauda. Así sea.
Pbro. José Lucio León Duque
Director


