Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, paz y bien para todos en el Señor. La Eucaristía no es únicamente el alimento que nutre nuestras almas; es, antes que nada, el santo sacrificio del redentor que trasciende los límites del tiempo y del espacio.
En cada altar, Cristo ofrece su entrega perfecta al padre en reparación por nuestros pecados y por los de nuestros hermanos difuntos, alcanzándonos del Trono de la Gracia los beneficios espirituales y temporales que necesitamos para nuestro caminar.
Sin embargo, para acercarnos a este banquete de vida, la Iglesia, como madre y maestra, nos recuerda la necesidad fundamental de la disposición interior. El que desea recibir a Cristo en la Sagrada Comunión debe hallarse en estado de gracia.
Acercarse a la Eucaristía teniendo conciencia de un pecado grave o mortal sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la reconciliación no solo daña el alma, sino que profana la santidad del sacramento. La confesión sacramental es el abrazo misericordioso del Padre que limpia nuestras vestiduras para que podamos sentarnos a la mesa del Hijo con un corazón puro y renovado.
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Cuando nos acercamos con las debidas disposiciones, la Sagrada Comunión obra maravillas en nuestra vida espiritual. Al recibir el cuerpo y la sangre del Señor, nuestra unión con Él se acrecienta de manera inefable.
Este pan celestial perdona nuestras faltas veniales, fortalece nuestras debilidades y nos preserva de caer en pecados graves. Al intensificarse los lazos de caridad entre la criatura y el creador, se consolida también la unidad mística de toda la Iglesia. Nos reconocemos así como verdaderos miembros de un solo cuerpo, llamados a amarnos y a sostenernos mutuamente.
Por ello, la Iglesia nos exhorta con vehemencia a participar plenamente de la santa Misa recibiendo la Comunión, recordando el precepto de hacerlo al menos una vez al año en el tiempo pascual. Pero el misterio de la Eucaristía no concluye cuando finaliza la liturgia. Puesto que Jesucristo mismo permanece vivo, verdadero y sustancial en el sacramento del altar, estamos llamados a rendirle un continuo culto de adoración.
Como nos recordaba San Pablo VI, la visita al Santísimo Sacramento en nuestros templos y capillas es una prueba palpable de gratitud, un hermoso signo de amor y un santo deber de adoración hacia aquel que se ha quedado con nosotros hasta el fin de los tiempos.
En estos tiempos de prueba y esperanza para nuestra Iglesia diocesana y para nuestro pueblo venezolano, contemplemos la Eucaristía como la prenda firme de la gloria futura. En este sacramento, Cristo nos identifica con su Sagrado Corazón, sostiene nuestros pasos vacilantes en este peregrinar terreno y despierta en nosotros el deseo ardiente de la Vida eterna, uniéndonos en comunión con la Santísima Virgen María y todos los santos.
Que este santo sacrificio sea siempre el centro de nuestros hogares, el motor de nuestras parroquias y el refugio donde renovamos la fe, la esperanza y la caridad. Con mi afecto de pastor, les envío a todos mi bendición en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


