El himno Alzo la mirada, compuesto para la visita del papa León XIV a España, tiene la virtud de condensar en pocas líneas lo que la Iglesia ha meditado durante siglos. La sencillez de su letra, casi coloquial, y sin embargo cada verso remite a una escena del Evangelio, a un salmo o a una página de los grandes maestros espirituales.
No pretende explicar la fe; pretende ponernos en una postura, la de quien levanta la cabeza. Esa postura es el hilo conductor del texto. El himno se mueve en tres tiempos: primero mira (a Jesús, a la cruz, al cielo); después confía (en el Señor como roca y fortaleza); y finalmente intercede (por los que buscan la paz, la libertad y un hogar). Mirar, confiar, interceder es, en el fondo, el itinerario de toda oración cristiana, y también una definición posible del ministerio de un sucesor de Pedro, llamado a confirmar a sus hermanos en la fe.
“Alzar” supone que hay algo que nos tenía o nos tiene mirando hacia abajo. Quizás el cansancio, el miedo, la rutina, la preocupación por lo inmediato. La Escritura conoce bien este gesto. El salmista dice: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?” (Sal 121,1), y otro: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo” (Sal 123,1). Levantar los ojos es el modo corporal de decir que uno no se basta.
El Evangelio muestra a Jesús haciendo ese mismo gesto en los momentos decisivos. Alza los ojos al cielo antes de multiplicar los panes (Mc 6,41), ante la tumba de Lázaro (Jn 11,41) y al comenzar su oración sacerdotal (Jn 17,1). El que ora en el himno imita así la postura del propio Hijo hacia el Padre. Y cuando Jesús enseña a sus discípulos qué hacer ante las pruebas finales, les dice: «Levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28).
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La esperanza cristiana tiene postura propia y no es el encogimiento, sino la cabeza erguida. Una escena evangélica que mejor ilumina el estribillo del himno es la de Pedro caminando sobre el lago (Mt 14,22-33). Mientras mantiene los ojos en Jesús, camina sobre las aguas; cuando «viendo la fuerza del viento, le entró miedo» (14,30), empieza a hundirse.
Alzar la mirada a dónde. No se levanta la mirada hacia un cielo indeterminado, sino hacia una persona. “Mis ojos en Jesús» es casi un eco literal de la Carta a los Hebreos: “corramos con constancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hb 12,2). Antes de ser una idea o un sistema, el cristianismo es una mirada dirigida a alguien. Pero esa mirada se detiene en un lugar inesperado: “clavada en la cruz”. La mística española recoge con hondura esta intuición. Para San Juan de la Cruz, el camino de ascenso hacia Dios pasa necesariamente por Cristo crucificado, y la desnudez interior se aprende mirando su desnudez. Santa Teresa de Jesús, en el Camino de perfección, aconseja a sus monjas algo que parece pequeño y es inmenso: no les pide grandes razonamientos, sino que sencillamente miren a Cristo y se dejen mirar por Él.
No estamos hechos para mirar al suelo. Ovidio en su Metamorfosis observaba que, mientras los demás animales miran hacia la tierra, al hombre se le concedió un rostro elevado para contemplar el cielo. Sin embargo, Mirar al cielo no significa ignorar la tierra; la última estrofa lo demostrará, cuando la mirada elevada se convierta en intercesión por quienes caminan, y naufragan, sobre ese mismo suelo. Se mira al cielo para caminar mejor sobre la tierra, no para huir de ella. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz


