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Antropología de la esperanza

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La antropología cristiana, sustentada por la revelación y enaltecida con la reflexión patrística y magisterial, muestra al hombre como peregrino que anhela un destino trascendente, y como desiderans, orientado por un anhelo de plenitud.

La esperanza es una virtud infusa, otorgada por la gracia en el bautismo, que orienta y encauza este anhelo hacia el cumplimiento de la promesa divina. Así lo pensaba san Juan Pablo II, para quien esa trascendencia anuncia al hombre que él es también más allá.

En torno a estas cuestiones, san Juan Pablo II edificará su antropología de la esperanza. Ella será antídoto contra el nihilismo que domina gran parte del pensamiento moderno. No se trata de un optimismo ingenuo, sino de la convicción de que el hombre no está definido por sus fracasos o sus heridas, sino por su capacidad de ser redimido.

La esperanza no es un sentimiento, sino una virtud del cuerpo que nos impulsa hacia nuestra plenitud. Precisamente por ello, la esperanza es concepto fundamental en su teología del cuerpo. Sin embargo, ¿cuáles son las fuentes de estas ideas revolucionarias dentro de la Iglesia? Sobre ello van estas líneas.

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La formulación de su antropología de la esperanza es un tejido orgánico, vital e intelectual que comenzó a gestarse mucho antes de su elección como papa. Estas ideas comienzan a concretarse durante su formación en la Polonia ocupada (1940-1944) y se consolidan en sus primeras obras filosóficas.

Podemos señalar, quizás con audacia, que el punto de partida no fue un libro, sino una experiencia de resistencia. Mientras trabajaba como obrero en la fábrica de productos químicos Solvay durante la Segunda Guerra Mundial, experimentó la fragilidad humana bajo el totalitarismo, descubriendo que, frente al horror, solo una antropología arraigada en la trascendencia podía sostener al hombre.

En ese primer instante, Jan Tyranowski, quien le introdujo en la lectura de San Juan de la Cruz, será clave. Luego, podemos mencionar su lectura del filósofo existencialista cristiano Gabriel Marcel, de quien tomará la idea de que la esperanza está intrínsecamente ligada a la comunión. Henri de Lubac le mostrará que lo sobrenatural no es algo añadido al hombre, sino que el ser humano tiene un hambre intrínseca de Dios que solo la esperanza puede saciar.

Habría que destacar sus años como profesor en Cracovia y Lublin, y en sus excursiones con estudiantes; allí comenzó a aplicar esta antropología a la ética del amor. Su libro Amor y responsabilidad (1960) es un pilar fundamental donde teje la esperanza en el contexto de la vocación humana al amor.

En el siglo XXI, donde la identidad suele percibirse como algo fluido o fragmentado, la antropología de la esperanza de Juan Pablo II ofrece tres senderos que pueden orientarnos hacia un destino mejor.

Frente a la mercantilización de las relaciones, la esperanza propone que es posible volver a mirar al otro con pureza. Nos dice que el cuerpo no es una herramienta de placer, sino un lenguaje de amor; por lo tanto, hay esperanza de restaurar la capacidad de amar de verdad. En la actualidad, se busca la mejoría del cuerpo humano por medio de la tecnología para vencer la muerte.

En el tercer sendero, nos ayuda a contemplar y reflexionar sobre nuestra soledad originaria, que brota cuando el hombre se descubre solo frente a la creación, dándose cuenta de que es el único ser personal. Nuestra soledad original no es un defecto, sino un espacio diseñado para ser llenado por Dios y por el otro. Esto transforma la soledad de una carga en una vocación de búsqueda.

La soledad originaria permite al hombre establecer una relación vertical con Dios y, por otro lado, le posibilita, al reconocerse como persona, descubrir que su cuerpo tiene un significado esponsal, es decir, que está hecho para entregarse y entrar en una comunión de personas. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz

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