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sábado, junio 6, 2026
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¿Cómo renovar nuestras parroquias? Parte II

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La invitación que nos hace la Iglesia en la actualidad es tener una conversión misionera de las parroquias a través de procesos que permitan avanzar de una pastoral encerrada en la sede territorial a una misión que alcance a las periferias geográficas y existenciales, desde el paso de una pastoral centralizada a una pastoral misionera, movida por la comunión del trabajo pastoral entre laicos y pastores.

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¿De dónde venimos?

En el catolicismo tradicional los vecinos se reunían en las casas para festejar, rezar y ayudar. Desde la década del 50 en muchos barrios de las ciudades, las casas de familia se constituyeron en sedes de la catequesis y grupos por afinidad: matrimonios, jóvenes, señoras mayores, empleadas domésticas que se comenzaban a reunir en grupos para leer el Evangelio y orar.

En la década del 60 se comenzó ad experimentum de la reforma litúrgica a celebrar las misas en las casas. En las últimas dos décadas se ha recuperado, en algunos lugares, el espacio de pastoral urbana con el modelo lucano de la Iglesia de/en casa, para fomentar pequeñas comunidades eclesiales (familiares, vecinales y barriales) con el propósito de vivir la fe de una forma más personal y comunitaria, buscando achicar las distancias en las grandes ciudades.

¿Hacia dónde vamos?

La renovación parroquial exige pensarla como una red de comunidades, que podríamos ejemplificar con la figura de “los condominios”. El condominio no debe verse como un objeto poseído en común: el edificio arquitectónico. El es una comunidad de sujetos que ejercen un dominio en común y están vinculados por distintas realidades.

Una pastoral de condominio, supera una “pastoral de edificios” (Santo Domingo 259), porque atiende a la comunidad de la casa común y procura generar nuevas comunidades cristianas en esas viviendas con una cultura particular, que pueden tener nuevos modos de inserción parroquial.

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La parroquia debe ser comunidad misionera de comunidades misioneras, para ello es necesario repensarla, quererla y reorganizarla desde el núcleo de la Iglesia doméstica, insertándose en los barrios, edificios, urbanizaciones, sectores… renovando procesos con un permanente discernimiento, planeación, descentralización y articulación de la finalidad misionera.

En este marco, hay que repensar también la figura del párroco urbano. El párroco es quien debe salir al encuentro de la gente, donde nuestro pueblo vive, cree, reza, trabaja y hace vida… Es interesante conocer a las personas y familias de las comunidades y ser el más conocido entre ellas. De amar a cada uno desde el corazón de Cristo, sin exclusiones ni preferencias. Su palabra y gestos pueden crear puentes entre Dios y las personas, “solo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia” (Aparecida 201).

“Iglesia de la casa”

La Iglesia está en un lugar humano concreto, en un espacio social determinado. El concepto “Iglesia de la casa” significa la reunión de una comunidad de cristianos en una residencia familiar. San Pablo señala que la Iglesia Local se reune en ciudades y casas de una forma reiterada, aunque no exclusiva. La casa de Aquila y Priscila (Rm 16, 3-5), comunidades que se reunían en la casa de Filemón (Fm 2) y de Laodicea y Ninfas (Col 4, 15). La casa es una familia tradicional, grande y extendida que incluye parientes, dependientes y esclavos, es decir, es la Iglesia que se reúne en su casa.

Jesús, el eterno peregrino evangelizador enseñó a sus discípulos la itinerancia atravesando caminos y entrando en las casas de quienes eran los destinatarios del Evangelio. El evangelista Marcos presenta la casa como la sede de la misión (Mc 2, 1-2; 3,20) e invita a los discípulos a anunciar la paz a las casas donde entren (Lc. 10, 5).

Los discípulos “partían el pan en las casas” (Hch. 2, 46) y allí predicaban el Evangelio (Hch. 5,42). La casa se convierte en el lugar de la hospitalidad acogedora y la mesa compartida, es el núcleo de la comunidad cristiana.

Es interesante recordar que si “la casa” se convierte en el lugar donde la fe se siembra y se crean vínculos para el crecimiento en el Reino de la vida, será el Templo Parroquial el lugar para celebrar la fe a través de los sacramentos, donde se desarrollan los procesos de la iniciación cristiana, la maduración eclesial, la coordinación pastoral, el servicio social y la articulación de todo a la comunión eucarística. El Pueblo es una forma de comunidad y las diversas formas de comunidad concretan el pueblo. Finalizo con una expresión patrística “Ubi tres, ibi Ecclesia”, Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos”  (Mt. 18,20).

 Pbro. Jhonny Zambrano

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