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Discurso del Presbítero Johan Pacheco en el acto del Día del Maestro

Reciban todos un afectuoso saludo en Cristo, Maestro por excelencia, aquel que nos enseña cual es el camino de la buena forma de educar: el testimonio personal. Dar la vida por la salvación del otro, una hermosa imagen del Evangelio que pude y debe orientar el objetivo de quien enseña, sea o no creyente. Pues su estilo único de transmitir conocimiento es verdaderamente un modo vocacional de dar sin esperar nada a cambio.

Hoy es un día singularmente importante para la Educación en Venezuela, aunque no pareciera que para el país es importante. Pero, aun así, nuestros sentimientos nos enorgullecen por el valor de nuestros maestros, aquellos que siguen dando su vida para dar esperanza a otros. Su respirar es enseñar y sentir la satisfacción que el conocimiento se podrá prologar y como tesoro inalterable jamás se corromperá.

Hoy es un día de Júbilo para Venezuela, desde el reconocimiento de los grandes maestros que han forjada la educación en el país, desde los más renombrados: Andrés Bello, Simón Rodríguez, Luis Beltrán Pietro Figueroa, Cecilio Acosta, Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, hasta los innumerables hombres y mujeres que llevamos en nuestra mente y corazón, porque en las diferentes regiones, y poblaciones han dejado la huella imborrable del valor de la educación.

A todos ellos, gracias. A ustedes gracias estimados educadores presentes en este importante acto del Día del Maestro. Que, con el esfuerzo de la Federación Venezolana de Maestros, y en particular el Sindicato Venezolano de Maestros del Estado Táchira, mantienen el valor de tan importante efemérides, y de reconocimiento a los maestros que hoy siguen dando la vida por Venezuela, como el maestro de Nazaret, a pesar de la crisis educativa venezolana y en el mundo.

Crisis educativa que debe ser afrontada con profesionalismo, con verdadera vocación y con esperanza, entendiendo el significado profundo de la palabra “maestro”, y lo que hoy debe ofrecer a nuestra sociedad para que siga siendo una fuente de sabiduría y valores morales.

La figura del maestro, en la antigüedad, adquirió relevancia principalmente en el terreno educativo, en la formación espiritual y moral de la niñez y la juventud. Entre los griegos, la educación no era concebible sin la presencia venerable del sabio maestro, máximo guía y conductor de la sociedad. Por esta razón, tanto la cultura griega como la romana se sustenta en la acción educativa de los grandes maestros que, con el tiempo, lo serán de la humanidad: Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón, Marco Aurelio entre otros.

El maestro, según lo consideraban los griegos, era quien formaba el carácter del discípulo y velaba por el desarrollo de su integridad moral, orientada a la formación del alma y al cultivo respetuoso de los valores éticos y patrióticos. Sócrates, como gran educador y maestro persuadía a los jóvenes y a los adultos que no se preocuparan tanto por su cuerpo y por la fortuna como por la perfección de su alma. Sócrates, en el transcurso del tiempo, caracteriza más concretamente el cuidado del alma como el cuidado por el conocimiento del valor y de la verdad. Insiste en que el maestro debe orientar a los estudiantes para que obren bien, puesto que es lo que lleva a la persona a la realización de su ser (Jaeger 1994:422-425).

Otros prototipos de maestro fueron Alberto Magno, Abelardo y Tomás de Aquino, famosos por su cátedra que congregaba a numerosos jóvenes ávidos de conocimiento. En ese entonces, la preocupación de los escolásticos era preparar a los clérigos que habrían de desempeñarse como sacerdotes. El prestigio de las escuelas se debía a la presencia de un maestro célebre quien, al dejar la escuela, ésta declinaba, es decir, ya no suscitaba el interés de la gente como cuando los estudiantes solían congregarse en torno a la figura carismática del maestro que impartía su ciencia desde el púlpito o cátedra.

Pero hoy también existen grandes figuras de la educación en nuestro país, como quienes hoy reciben en este importante acto: insignias, honores y condecoraciones, en ellos reconocemos su inteligencia, pedagogía, y perseverancia en la vocación como maestros. En ustedes también, honramos a los profesores que, a pesar de los bajos salarios, mala alimentación, sin transporte público, y un sin fin de dificultades siguen honrando la vocación asistiendo religiosamente a sus salones de clase para educar a sus estudiantes. Tienen el coraje y la valentía, de enfrentar la crisis educativa que se padece.

Según el Papa emérito Benedicto XVI (2010), las principales causas de la crisis educativa son dos: el falso concepto de autonomía del hombre y, en segundo lugar, el escepticismo y relativismo. Dos tentaciones que banalizan la educación, y la convierten en un mero trámite jurídico o social.

Así pues, la humanidad es engañada cuando le dicen que: “el hombre debería desarrollarse sólo por sí mismo, sin imposiciones de otros, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este desarrollo”. Pero la realidad es que, “para la persona humana es esencial el hecho de que llega a ser ella misma sólo a partir del otro, el «yo» llega a ser él mismo sólo a partir del «tú» y del «nosotros»; está creado para el diálogo, para la comunión sincrónica y diacrónica. Y sólo el encuentro con el «tú» y con el «nosotros» abre el «yo» a sí mismo”.

La segunda raíz de la emergencia educativa –según Joseph Ratzinger-: el escepticismo y el relativismo o, con palabras más sencillas y claras, la exclusión de las dos fuentes que orientan el camino humano: la naturaleza y la Revelación.

“Pero la naturaleza se considera hoy como una realidad puramente mecánica y, por tanto, que no contiene en sí ningún imperativo moral, ninguna orientación de valores: es algo puramente mecánico y, por consiguiente, el ser en sí mismo no da ninguna orientación. La Revelación se considera o como un momento del desarrollo histórico y, en consecuencia, relativo como todo el desarrollo histórico y cultural; o —se dice― quizá existe Revelación, pero no incluye contenidos, sino sólo motivaciones. Y si callan estas dos fuentes, la naturaleza y la Revelación, también la tercera fuente, la historia, deja de hablar, porque también la historia se convierte sólo en un aglomerado de decisiones culturales, ocasionales, arbitrarias, que no valen para el presente y para el futuro”.

Por esto es fundamental encontrar un concepto verdadero de la naturaleza como creación de Dios que nos habla a nosotros; el Creador, mediante el libro de la creación, nos habla y nos muestra los valores verdaderos. Así recuperar también la Revelación: reconocer que el libro de la creación, en el cual Dios nos da las orientaciones fundamentales, es descifrado en la Revelación; se aplica y hace propio en la historia cultural y religiosa, no sin errores, pero de una manera sustancialmente válida, que siempre hay que volver a desarrollar y purificar.

A estas dos causas de la crisis educativa en el mundo, para nuestro contexto debemos añadir los múltiples problemas que agobian la educación en Venezuela: la poca importancia que da el Estado al sistema educativo, convirtiéndolo en un simple aparato de propaganda política con el fin de afianzar ideologías perniciosas; la pésima remuneración económica de los profesionales de la educación; la falta de programas educativos que incentiven la investigación y la ciencia; el deterioro de la infraestructura de los planteles educativos; además de la maraña de la corrupción, la crisis moral, política y económica que somete a Venezuela en la actualidad. Y como lamentable consecuencia, la deserción educativa de maestros y estudiantes que abandonan los recintos educativos buscando mejores posibilidades.

Debemos preguntarnos: ¿Qué futuro tiene Venezuela, si las aulas son abandonadas por profesores y estudiantes? ¿Qué profesionales trabajaran en la necesaria reconstrucción de nuestro país? Es posible que ni siquiera exista futuro en una nación así, donde no se dé importancia a la educación.

“La Ignorancia es la fuerza”, lo advierte George Orwell (1949) en su obra política de ficción, llamada “1984”, pero que detalla mucha realidad de los sistemas ideológicos que en la historia siempre han querido implantarse en las sociedades para destruir sus instituciones, entre ellas las educativas. Y con ello condicionar la capacidad de pensar de las personas, pues mientras el pueblo permanezca ignorante le dará fuerza a los grupos que quieren perpetuarse en el poder.

Por eso hoy, más que nunca necesitamos maestros llenos de esperanza que lideren la defensa del derecho a la educación que tenemos todos. El Papa Juan XXIII en su encíclica Pacem in Terris, hace énfasis en los derechos que asisten a la persona humana; «todos los hombres de cualquier raza y condición, por su dignidad de persona, tienen el derecho inalienable a una educación que responda al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, a la cultura y a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos, para fomentar en la tierra la unidad verdadera y la paz» (Juan XXIII 1965:1).

El ser humano visto desde esta perspectiva, se convierte en el punto de referencia de todo valor, pues «no se trata de un hombre abstracto, sino de un hombre concreto que tiene el derecho y la obligación de vivir su vida individual, social e histórica. El hombre es la vida, pues sin vida sería un trozo de naturaleza petrificada y muerta. La vida es para ser vivida. El hombre nace con vocación de vivir» (Juan XXIII, 1965).

La persona es contenedora de vida; por lo tanto, este valor máximo y supremo debe ser respetado, protegido y promovido mediante el reconocimiento y defensa de los derechos humanos, así como de los valores democráticos, lo cual debe traslucir la necesidad de erradicar los antivalores: autoritarismo, coacción, arbitrariedad, sumisión, discriminación, negación, humillación, irrespeto, insolidaridad, e intolerancia, presentes lamentablemente en nuestra sociedad.

Con el fin de lograr que la educación responda a estas exigencias, es necesario reflexionar sobre la labor educativa que realizan los maestros, quienes en virtud de su misión, cultivan con asiduo cuidado las facultades intelectuales de sus alumnos, desarrollan la capacidad del recto juicio, promueven el sentido de los valores, preparan para la vida profesional, fomentan el trato amistoso entre las personas de diversa índole y condición, contribuyendo a la comprensión mutua para acrecentar las herencias intelectuales, espirituales y físicas (Borrero 1995). Además, se constituyen en agentes para que la potencia se convierta en acto, o mejor, «asisten» al otro para que logre ser y realizarse a plenitud (Vásquez 2000).

El maestro sabe que está en juego una vida, una familia, una patria, y eso entraña una gran responsabilidad ética, moral, política y humana. Con estas expresiones subrayamos que, al hablar de vida humana, no nos limitamos exclusivamente al aspecto «biológico», al fenómeno común en los humanos y en los demás seres vivientes, sino precisamente a lo que es más propio del ser humano: desarrollo integral de todas las potencialidades de la persona.

En este sentido, el maestro que necesita Venezuela hoy, ha de ser un ejemplo de “valores humanos” cuya influencia se expresa en la fraternidad, delegar y dejar hacer, inspirar, mediar, valorar y escuchar así como tolerar a quienes piensan de modo diferente, educar más con el ejemplo que con la palabra, ser firme en sus opciones y decisiones, motivar a quienes lo rodean para las buenas acciones, modificar o innovar y construir, tener empatía o sinergia con quienes le son afines pero no rechazar ni subestimar a quienes no lo son; comprometerse con audacia en la instauración de un mundo nuevo y de la sociedad del conocimiento con sentido prospectivo, sembrar valores para cosechar valores, tener fe en lo que hace y en lo que espera, dirigir hacia la consecución del bien, generar vida, construir el futuro, dar y compartir, cooperar en el cuidado de la naturaleza, en la lucha por una alta calidad de vida, recibir los frutos de su trabajo, orientar con sabiduría, exigirse a sí mismo para exigir a los demás, persuadir para alcanzar un objetivo, interactuar, lograr que se hagan las cosas, visualizar, transformar; en síntesis, tener una capacidad de discernimiento, ser competente y visionario (Vásquez 2000).

Por otra parte, el maestro ha de enseñar y formar para la libertad, propiciar el crecimiento de los seres humanos como personas libres y, por ello, él mismo ha de ser libre. Es decir, no dejarse esclavizar por nada ni por nadie, ni siquiera por pretensiones políticas, permanecer dueño de sí mismo, expresar la individualidad y la personalidad como la realización consciente de su entidad en el mundo, disfrutando en él de una responsable libertad que se abre al encuentro de la otra persona.

En la concepción de Paulo Freire (1971) la educación es el instrumento por excelencia tanto para la opresión como para la liberación. Considerada tanto como “Bancaria” y “Liberadora”, porque deposita en la persona los conocimientos, pero principalmente porque parte del carácter histórico del hombre como ser inconcluso que debe realizarse dentro de una situación histórica que debe ser transformada a través de la praxis y la acción de personas que son simultáneamente educadores y educandos.

Y hoy los Maestros son llamados asumir el compromiso de la educación como una forma de relación recíproca que promueva la “cultura del encuentro” con el prójimo, que profundicen en la aceptación de la naturaleza y Revelación como dones de Dios para afianzar la libertad de los hombres y sus pueblos, gracias a las capacidades educativas que pueden generar una nueva sociedad.

Nuevamente felicitaciones a los maestros que hoy reciben reconocimientos especiales por su loable labor en el ámbito de la educación, y así mismo destacamos la labor educativa de uno de los medios de comunicación más importantes de la región, la Televisora Regional del Táchira, que con gran profesionalismo y sentido de pertenecía comunican y educan como un aporte al progreso que necesita Venezuela.

Al honorable Sindicato Venezolano de Maestros del Estado Táchira, gracias por la designación como Orador de Orden en este importantísimo acto solemne del Día del Maestro.

Dios bendiga a los maestros venezolanos, muchas gracias.

 

 

Pbro. Johan Pacheco

San Cristóbal, 15 de enero de 2020.

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