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Domingo de Ramos: Profecía, humildad y pasión

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El Domingo de Ramos establece el comienzo de la Semana Santa. La Iglesia invita a contemplar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, evento cargado de simbolismo mesiánico que anticipa su humillación y sacrificio en la cruz. Este día une la alegría de las palmas con la narración extensa de la Pasión según San Mateo, recordándonos la discrepancia entre el clamor popular y el abandono divino. San Victorino de Petovio penetra en su significado simbólico y espiritual, interpretándose como victoria sobre el pecado, cumplimiento profético y llamada al hombre a que purifique su alma.

Las lecturas correspondientes van a delinear el marco teológico del evento. Isaías nos presenta al Siervo sufriente que ofrece su espalda a los azotes y su rostro a los insultos, sin retroceder ni avergonzarse, confiando absolutamente en la ayuda de Dios: “El Señor Dios me ayuda, por eso no he sentido afrenta; he puesto mi rostro como pedernal”.

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En estas líneas podemos vislumbrar con claridad la prefiguración de la obediencia del Señor hasta la muerte. El salmista nos ubica frente al abandono y a la confianza filial: “Tú me sacaste del seno materno, me hiciste confiar sobre el regazo de mi madre», resonando con el clamor de Jesús en la cruz. San Pablo, por su parte, en Filipenses, exalta la kenosis, o vaciamiento de Cristo, quien, siendo Dios, se humilló hasta la cruz y fue exaltado: «Se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo […] humillóse a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

El Evangelio de Mateo (26:14-27:66) nos narra la traición de Judas, la Última Cena, la agonía en Getsemaní, el juicio injusto, la flagelación, la coronación de espinas y la crucifixión, culminando en el terremoto y la confesión del centurión: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”. Una versión acortada (27:11-54) va a enfatizar en el silencio de Jesús frente a Pilato y las burlas de la multitud. De la manera que, las palmas de la entrada, aunque no detalladas en Mateo, pero implícitas en el contexto pascual, van a contrastar con la Pasión, simbolizando un reino no de poder terrenal, sino de humildad salvífica.

En la liturgia antigua, especialmente en el rito oriental, el Domingo de Ramos se ubica entre la Cuaresma y la Pascua con un poderoso carácter escatológico. La entrada en la Jerusalén terrena va a anticipar la entrada en la Jerusalén celestial y el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte. La resurrección de Lázaro, que celebramos en la víspera, aparece como prenda del futuro resurgir común y se une al ingreso del Señor en la ciudad como comienzo de la cruz y, al mismo tiempo, promesa de resurrección y de Reino.

San Victorino de Petovio, en su Comentario al Apocalipsis, ve en las palmas un símbolo de victoria escatológica. Interpretará la visión de los veinticuatro ancianos que arrojan sus coronas a los pies del Cordero (Ap 4,10), relacionándolos directamente con la entrada de Jesús en Jerusalén: «Algunos extendían ramas de palma cortadas, otros arrojaban sus vestiduras, sin duda representando a dos pueblos el de los patriarcas y el de los profetas; es decir, los grandes hombres que tenían cualquier tipo de palmas de victorias contra el pecado, y las arrojaban bajo los pies de Cristo, el vencedor de todos». Para San Victorino, la palma y la corona denotan triunfo sobre el pecado, reservado solo al vencedor.

En el Domingo de Ramos, Cristo entra no como conquistador mundano, sino como Siervo vencedor que purifica y salva. En un mundo de falsos mesías redes sociales, ideologías efímeras, políticos de ocasión, acojamos al Rey humilde que cabalga sobre la Escritura viva. Renunciemos a traiciones modernas, ambición, indiferencia, quedándonos despiertos en nuestro Getsemaní personal y permitamos que Cristo destroce nuestras cadenas. Así, de las palmas pascuales brotará tu victoria eterna, uniéndonos al coro celestial: “Hosanna al Hijo de David”. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz Arteaga

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