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Fe creída, fe vivida: El testamento de la misericordia desde el calvario

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El Viernes Santo no es el recuerdo de una derrota, sino la epifanía del amor absoluto. Desde la cátedra de la Cruz, Jesús no solo entrega su vida, sino que nos hereda sus últimas siete palabras, un testamento espiritual que revela el rostro de un Dios que es, ante todo, Padre. Al meditar estas expresiones, la fe que profesamos (fe creída) se transforma en la fuerza que sostiene nuestra existencia (fe vivida).

El combate del perdón y la lógica de la Gracia

Todo comenzó en la oscuridad de Getsemaní, donde el “Abbá” de Jesús fue un acto de rendición a la voluntad del Padre. Al llegar al Calvario, esa rendición se convierte en victoria. En su primera palabra: “Padre, perdónalos…”, Jesús gana el combate de la misericordia. Él toca el corazón de Dios y nos revela que el Padre no nos mira por lo que somos pecadores sino por cómo somos amados en el corazón de su Hijo. El perdón no es solo un favor; es una declaración eterna de que incluso en el verdugo sobrevive un germen de humanidad.

Lea también: Cuidar el altar es amar a Cristo

Esta corriente de misericordia se concreta de inmediato en la segunda palabra dirigida al Buen Ladrón: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Aquí se nos entrega el Evangelio de la Gracia. El paraíso no se compra con méritos, se “arrebata” con la fe. Jesús, que tiene las llaves del Reino, nos enseña que la vida cristiana consiste en aprender a ser un “buen ladrón”: un pecador arrepentido que confía más en la bondad de Dios que en sus propias obras.

Maternidad y soledad: El descenso a lo humano

En la tercera palabra, “mujer, ahí tienes a tu hijo”, Jesús nos entrega su posesión más preciada: su Madre. En el Calvario hay olor a parto; María es constituida Madre de la Iglesia, aceptando el reto de recibir como hijos incluso a quienes matan a su Primogénito.

Sin embargo, el camino hacia nuestra redención exigía que Jesús tocara el fondo de nuestra condición. La cuarta palabra, “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, es el grito que taladra la historia. No es desesperación, es el “descenso a los infiernos” de la soledad humana, de la depresión y el sinsentido, para llenarlos de su presencia. Jesús se hace solidario con nuestro vacío para que nadie, nunca más, se sienta solo en su dolor.

Sed de humanidad y el cumplimiento del Amor

La quinta palabra, “tengo sed”, es la más radicalmente humana. Es el grito de los desamparados, de los esposos sin diálogo, de los migrantes desilusionados y de los trabajadores que no logran sobrevivir. Jesús asume los “aullidos” de una humanidad rota.

Finalmente, la sexta y séptima palabra sellan el sacrificio: “todo está consumado” y “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. La muerte de Jesús no fue para aplacar a un Dios castigador, sino para quitarnos el miedo a morir. Al expirar, Jesús nos enseña que morir no es saltar al vacío, sino poner la cabeza en el regazo del Padre.

Que estas palabras no se queden en el papel, sino que resuenen en nuestra Diócesis de San Cristóbal como una invitación a vivir desde el perdón, la gracia y la esperanza. Porque en las manos de Dios, nada se pierde.

Pbro. Jhonny Zambrano

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