En esta cuarta entrega inspirada en Evangelii Gaudium, nos adentramos en dos dimensiones eclesiales inseparables: la necesidad de un acompañamiento personal en los procesos de crecimiento (EG 169-173) y el imperativo evangélico de la inclusión social de los pobres (EG 186-216). Una parroquia misionera no es una maquinaria anónima; es un hogar de puertas abiertas y un espacio de sanación.
Acogida y acompañamiento
Frente al peso cultural del individualismo y el anonimato urbano, la parroquia asume con urgencia una «pastoral de la acogida y del acompañamiento» que le devuelve a la Iglesia la mirada cercana de Jesús (EG 169). No podemos permitir que nadie se sienta «existencialmente huérfano» en nuestras comunidades (EG 170-171).
Este acompañamiento exige pedagogía y misericordia: al momento de orientar o corregir al hermano, la parroquia jamás se sitúa en la posición de juez implacable, sino de compasiva facilitadora del encuentro con el Dios que restaura (EG 172-173).
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Esta mirada cercana nos impulsa a dirigir los pasos hacia quienes deben ser siempre los destinatarios preferentes del Evangelio: los pobres y marginados (EG 48). Desde una profunda unión con Dios, la parroquia misionera se pone a la escucha del clamor de los necesitados, reconociéndose como instrumento divino para su liberación y promoción humana (EG 186-188).
Esto exige gestar una nueva mentalidad comunitaria que piense en términos de fraternidad y solidaridad (EG 188-189), comprometiéndose no solo con las personas a nivel individual, sino también con la realidad de los pueblos empobrecidos (EG 190).
La injusticia social
Asimismo, la parroquia denuncia con valentía la inequidad y la mala distribución de la renta como causas estructurales del hambre (EG 191), abriendo la mente y el corazón hacia un sentido amplio e integral de la pobreza (EG 192).
Para ser fiel al Evangelio, la comunidad eclesial sabe que no puede desarrollar su misión al margen de los pobres ni diluir la contundencia de este mensaje (EG 193-194); en este sentido, se asume como una «parroquia contracultural» (EG 195-196) que reconoce el lugar privilegiado y la fuerza salvífica que los mismos pobres poseen dentro del Pueblo de Dios (EG 197-198).
No asistencialismo, sino dignificación
Por ello, la parroquia cuida la calidad evangélica de su compromiso, garantizando una auténtica atención espiritual y pastoral que no descuide el alma de los necesitados (EG 199-200). La inclusión social es tarea de todos (EG 201) y exige superar la sola mentalidad asistencialista: hay que ir directamente a las causas estructurales de la miseria y no quedarse en la mera gestión de los casos o efectos (EG 202-206).
La comunidad parroquial sabe que la despreocupación por los pobres significaría su propia disolución y la caída en la mundanidad espiritual (EG 207); por eso, no teme ser tachada de «política» o «extravagante» por alzar la voz en su defensa (EG 208).
Finalmente, esta entrega hacia el hermano se expande al cuidado de toda fragilidad humana los niños por nacer, los ancianos, los enfermos, los migrantes (EG 209-214) y se extiende con pasión hacia la protección de la naturaleza y el cuidado de la casa común (EG 215).
Como Madre de corazón abierto, la parroquia prefiere mil veces una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de sus propias estructuras (EG 49, 63).
Pbro. Jhonny Zambrano
Vicario Episcopal de Comunicación


