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El hombre está en guerra

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Escribió alguna vez Ernesto Cardenal que el ego, el ego del hombre, es lo único que nos separa de Dios. El amor propio proyectado en una ideología, un pedazo de tierra, poder temporal y, a veces, una equivocada concepción religiosa o histórica, es el camino que conduce a la lejanía de Dios. Y cuando el hombre se aleja de Dios, emprende un viaje muy peligroso que lo aleja de sí mismo precipitándolo hacia una oscuridad espesa que va vaciándolo, poco a poco, de contenido, de sentido.

Desconectándose de la gracia, de las formas puras que le posibilitan el encuentro con la belleza. Inevitablemente, apartándose de Dios, más allá de lo que pueda decir en un discurso, entra en una terrible guerra contra sí mismo de la cual saldrá aparatosamente derrotado.

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Neruda describió un poco la realidad que pintan los hombres alejados de Dios: “una mañana todo estaba ardiendo y una mañana las hogueras salían de la tierra devorando seres, y desde entonces fuego, pólvora desde entonces, y desde entonces sangre”.

Crean hogueras con palabras y armas, con los ojos desorbitados por la ambición de mil cabezas, sin darse cuenta de que esas hogueras, tarde o temprano, lo devoran todo, incluyéndolos. No pueden darse cuenta de ello, ya que, un hombre alejado de Dios es tan solo un hombre con el corazón herido. Un corazón herido no encuentra el camino, y por ello, al hallarse en ese estado de orfandad inconsciente, se lanza a la irresponsable aventura de acabarlo todo.

Es mi amor el que me lleva

Escribe San Agustín: «un cuerpo tiende, por su propio peso, a moverse hacia su lugar propio […] El agua vertida sobre el aceite se hunde para quedarse debajo […] Los líquidos actúan según sus propias densidades y buscan así su sitio […] Mi peso es el amor. Allí donde soy yo llevado, es mi amor el que me lleva». He aquí el peso del hombre, lo que le arrastra y mueve: el amor es su peso. El amor, cuando nos lo encontramos, hace nacer en nosotros el asombro, nos abre horizontes insospechados hacia los que nos propulsa. Por supuesto, es un camino que tiene sus riesgos si se emprende a oscuras. «Me di cuenta de dónde arranca y hasta donde llega el amor humano y qué tajos tan abruptos tiene. Quien resbala por un precipicio así, difícilmente puede volver a remontarla y queda allá abajo, caminando a solas por su propio camino», señaló un joven Karol Wojtyla.

El hombre hundido entre sus propias sombras, un hombre hueco como lo llamó T.S. Eliot, realmente no camina solo. Otros hombres, quizás, más vacíos que ellos, aplauden cada acción violenta, pues, de alguna manera, en el frío sonido del aplauso es donde pueden sentir cierto atisbo de sentido, ese es todo su sentido. Esos aplausos sin sabor que copian los ruidos de la ruptura, del extravío, del pecado, que quieren encubrir la llamada al amor.

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Esos ruidos son los que advierten sobre un abismo que empieza a abrirse entre el hombre y Dios. Un abismo tan extenso que, tratando de escuchar la voz del Señor, termina escuchando la voz de su propio eco y sin rubor de ningún tipo señala a los cuatro vientos que es la mismísima voz de Dios hablándole al corazón.

No, no es la voz de Dios, ya que los ruidos de nuestro ego no nos permiten distinguir la sinfonía del amor. Se trata de voces que no vienen del Señor, sino del mundo. Un mundo que, muchas veces, es solo una expresión de nuestros miedos. Miedo que fue quien impulsó a Adán y Eva esconderse de Dios, fuente de todo bien. Desde entonces y hasta ahora, el hombre parece preferir esconderse de Dios y lanzarse a la aventura terrible de la guerra, aunque al final, como siempre, termine acabando consigo mismo. paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

Valmore Muñoz

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