Como su pastor y hermano, me es grato saludarlos en este encuentro de fe. Hoy deseo invitarlos a fijar la mirada en el centro mismo de nuestra vida cristiana: el misterio de la eucaristía. En este Táchira de fe recia y tradiciones profundas, sabemos que la santa misa es el sol que ilumina nuestro caminar, pero también debemos redescubrir la fuerza transformadora que brota del Sagrario.
El corazón humano, por naturaleza, tiene sed de unidad. Todos anhelamos sentirnos hermanos, especialmente en tiempos donde la división y el pecado parecen levantar muros entre nosotros. Sin embargo, la simple convivencia humana tiene un límite. Es aquí donde el don de Cristo y de su espíritu en la comunión eleva nuestra experiencia de fraternidad a un nivel superior.
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Cuando participamos de la misma mesa eucarística, no solo estamos compartiendo un banquete; estamos siendo injertados en Cristo. Al recibir su cuerpo, la Iglesia se convierte en “sacramento”, en signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano. Frente a los “gérmenes de disgregación” que vemos en la experiencia cotidiana la envidia, el odio o la indiferencia, se alza la fuerza generadora de unidad del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía construye la Iglesia y, al hacerlo, crea comunidad verdadera entre los hombres.
Pero nuestra relación con Jesús Sacramentado no termina cuando se dice: “Pueden ir en paz”. El culto que damos a la Eucaristía fuera de la misa tiene un valor inestimable. Como Pastores, tenemos la hermosa tarea de animar la exposición del Santísimo Sacramento. ¡Qué hermoso es estar con Él!
Recuerdo las palabras del Evangelio sobre el discípulo predilecto reclinado sobre el pecho del Maestro. Adorar es eso: palpar el amor infinito de su corazón. En un mundo que nos aturde con ruidos y prisas, el cristianismo de hoy debe distinguirse por el arte de la oración. No podemos dejar de sentir la necesidad de pasar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor ante Cristo presente.
Permítanme abrirles mi corazón de obispo: ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he buscado en la adoración silenciosa la fuerza, el consuelo y el apoyo necesario para mi ministerio! Ante el Sagrario, las cargas se hacen ligeras y el horizonte se aclara.
San Alfonso María de Ligorio nos recordaba que, después de los sacramentos, la devoción de adorar a Jesús Sacramentado es la más apreciada por Dios y la más útil para nosotros. La eucaristía es un tesoro inestimable; estar ante ella nos permite llegar al manantial mismo de la gracia.
Si nuestra Iglesia en San Cristóbal quiere ser una comunidad capaz de contemplar verdaderamente el rostro de Cristo, debe desarrollar este culto con fervor. La adoración prolonga y multiplica los frutos de la comunión que recibimos en el altar. Es allí donde el alma se ensancha y se dispone para la misión.
Hijos míos, los invito a que no dejen pasar el Señor de largo. Que nuestras parroquias sean faros de adoración. Que el tiempo que pasemos ante el Santísimo nos transforme para que, al salir a las calles de nuestro estado, seamos verdaderos constructores de unidad y testigos de ese amor infinito que hemos palpado en el silencio.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


