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¡En verdad resucitó!

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Charles Péguy escribió alguna vez que no merecía ser considerado un padre de la Iglesia, de hecho, el ser su hijo era algo que lo sobrepasaba. Sin embargo, en estos momentos, y luego de tantos tormentos atravesados por millones de cristianos, me pregunto si será un acto de soberbia considerar a muchos Padres de la Iglesia. Lógicamente, no en el sentido técnico de lo que esto significa, pero sí intentando comprender que, de alguna manera, cuando se vive verdaderamente el cristianismo se está alimentando a la Iglesia con ese «vivir en gracia».

Pensando en Péguy, escribe Martín Descalzo, que cuando un cristiano se comprometía en ese vivir en gracia, comenzaba a derramar semillas con su simple modo de andar, con su hablar, con la más elemental de las sonrisas. Es como si, de manera sencilla y sutil, Jesucristo resucitara en el corazón de cada uno. Ese vivir en gracia que, podemos también suponer, es un resucitar de Cristo en nuestros corazones, nos permitirá, como escribe Péguy en un poema, ver cómo marchan hoy las cosas y estar convencido de que mañana irá todo mejor, “esto sí que es asombroso y es, con mucho, la mayor maravilla de nuestra gracia”. Me resulta inevitable entonces recordar a los dos discípulos que iban camino a Emaús en el Evangelio de San Lucas. Aquella poderosa historia lucana que nos recuerda que la verdad no es ni será algo que se posee, sino que, por el contrario, es un Alguien que nos sostiene.

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La historia de Cleofás y el otro discípulo pone frente a nosotros los códigos para comprender el cambio antropológico que estamos invitados a dar si realmente queremos transformar al mundo. En un tiempo de imposiciones políticas, económicas, sociales, culturales y, algunas veces, religiosas, Jesús, en forma de peregrino irreconocible, nos señala cómo no imponernos frente a los otros, violentándolos hasta rebajar a la mínima expresión su dignidad humana.

Esta historia que nos obsequia San Lucas contrasta de manera radical con las injustas imposiciones que han caracterizado la impronta de los distintos proyectos ideológicos desarrollados en el siglo XX y que siguen haciendo mella en las primeras décadas del XXI. Dos discípulos que, hechizados por la ideología de la desesperanza, no son capaces de reconocer la Verdad que los acompaña, les habla y les hace arder el corazón. No incomoda, no perturba, no violenta, todo lo contrario, los acompaña con la suavidad de la luz del día que cae sobre todos, sin distinción, mostrando los colores del camino, mostrando sin mostrar que mañana todo irá mejor, he allí nuestra esperanza y el sentido profundo de la resurrección.

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No es Cristo quien les impide reconocerlo, son ellos mismos, cegados por sus propias voces quienes no logran penetrar hasta ese silencio interior, pues el camino hasta él está repleto de tanto ruido (ideologías) que la palabra del Evangelio que los acompaña no logra conectar con su ser. De esa misma manera en que aquellos dos discípulos no alcanzaron a reconocer al Señor, así mismo nos cuesta hoy reconocer al Cristo que, sin duda, vive en el otro que nos rodea, que también nos acompaña, que también nos habla y reclama de nosotros, al menos, un guiño para no sentirse solo.

No entendieron y no entendemos porque no vamos al silencio a buscar allí la palabra. El silencio es lo siempre dado, lo que permanece más allá de mi capacidad. Hay que buscar en ese silencio, en compañía de las Sagradas Escrituras, para arropar con él la brutal arrogancia y prepotencia que las ideologías y la tecnocracia nos han sembrado para distanciarnos de la Verdad y del sentido propio de la existencia. Paz y bien.

 Valmore Muñoz Arteaga

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