Que la paz del Señor resucitado, que se hace presente en cada altar de nuestras montañas y valles tachirenses, colme sus corazones en este inicio del mes de febrero.
Nos situamos hoy ante el umbral de una verdad que estremece el alma y sostiene nuestra vida entera: el misterio de la fe. Al comenzar este mes, invito a toda la feligresía, y de manera especial a aquellas trescientas almas que han sentido el llamado a la reparación en nuestro Santuario Diocesano, a profundizar en las palabras del apóstol Pablo: “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre”.
La eucaristía no es un simple recuerdo de algo que sucedió hace dos mil años en una cena lejana. ¡No! En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor.
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Cuando nos reunimos en nuestras parroquias, desde la Catedral hasta la capilla más humilde de nuestra frontera, no estamos asistiendo a una representación teatral, estamos ante el sacrificio de la cruz que se perpetúa por los siglos.
Como su obispo, deseo que graben esta verdad en sus mentes: la Iglesia no ha recibido la eucaristía como un regalo más, sino como el don por excelencia. Es el don de Cristo mismo, de su persona y de su obra de salvación. Porque lo que Cristo hizo y padeció por nosotros no se queda en el pasado, sino que, al participar de la eternidad divina, domina todos los tiempos. Cada vez que celebramos la Santa Misa, “se realiza la obra de nuestra redención”.
¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? En la eucaristía, nos muestra un amor que no conoce medida, un amor que llega hasta el extremo. Al decir “entregado por vosotros” y “derramada por vosotros”, el salvador manifestó el valor sacrificial de este banquete.
Debemos comprender que la misa es, inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa la Cruz y el banquete sagrado de la comunión. No hay dos sacrificios; el sacrificio de Cristo y el de la eucaristía son un único sacrificio.
Como decía San Juan Crisóstomo, ofrecemos siempre al mismo cordero, la misma víctima que jamás se consumirá. Esto nos debe llenar de un asombro profundo y de una gratitud inmensa, especialmente en este tiempo en que buscamos reparar las ofensas contra su sagrado corazón.
Pero hay algo más que quiero recordarles: Cristo, al entregar este sacrificio a la Iglesia, ha querido que nosotros también nos ofrezcamos con Él. Ustedes, fieles del Táchira, cuando participan en la Eucaristía, no son espectadores. Están llamados a ofrecer a la Víctima divina y a ofrecerse a sí mismos con ella. Sus dolores, sus trabajos en el campo y la ciudad, sus esperanzas y sus luchas diarias por la paz en nuestra tierra, adquieren un valor infinito cuando se colocan sobre el altar junto al pan y el vino.
No olvidemos que la Pascua incluye también la Resurrección. Proclamamos su muerte, sí, pero también anunciamos que Él vive. Cristo resucitado se hace para nosotros “pan vivo”. Por eso, este mes de febrero, al acercarnos al Sacramento de la Confesión como preparación para la reparación, debemos hacerlo con la alegría de saber que, si Cristo está en nosotros, Él resucita para nosotros cada día.
Hermanos, les exhorto: que nada nos aleje de este encuentro. En el templo San José y en cada sagrario de nuestra Diócesis, Jesús nos espera con un amor que sobrepasa todo entendimiento. Hagamos de este «misterio de la fe» el centro de nuestra existencia. Que nuestra fe no sea una costumbre, sino una respuesta apasionada a aquél que se entregó por nosotros.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


