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Homilía en la fiesta del Santo Cristo de La Grita

Acudimos con fe y voluntad de peregrinos ante el Icono del Santo Cristo de los Milagros de La Grita en este año dedicado a la Conversión personal y eclesial. Él nos inspira y alienta en nuestra vida eclesial. Cada día lo hemos venido haciendo más nuestro y lo hemos convertido en centro dinamizador de nuestra forma de vivir la fe, la esperanza y la caridad. Con ello reafirmamos nuestra fe en el misterio de la Encarnación: entonces lo reconocemos como uno de nosotros, identificado con nuestra cultura e historia, con nuestra misma gente y nuestra Iglesia local de San Cristóbal. A la vez, lo confesamos como el Cristo del “ROSTRO SERENO”. Ese Rostro nos permite verlo como el “siervo sufriente” que ha cumplido la voluntad de Papá Dios. Su “faz lumínica”, como cantamos en alguno de nuestros aguinaldos, revela el dolor redentor y la satisfacción por la misión cumplida, como se percibe en la hermosa sonrisa de sus labios.

 

En esta celebración, se nos presenta la hermosa ocasión de contemplar el “Rostro sereno” del Santo Cristo de La Grita. Lo contemplamos, al admirar la prodigiosa talla de 409 años que se yergue ante nosotros. De igual modo, lo contemplamos al escuchar  y meditar la Palabra de Dios proclamada hace unos instantes. Asimismo, lo contemplamos al reconocerlo en la fracción del pan. Es hermoso hacerlo contemplar a través de nuestro testimonio de vida creyente. Para eso hemos venido: para contemplar el “Rostro sereno” del Cristo de los Milagros. Pero, contemplarlo no puede quedarse sólo en mirarlo y apreciar sus rasgos. Es necesario dar un paso importante e irrenunciable: convertirnos para nuestros amigos y hermanos en el reflejo de dicho “Rostro sereno”.

 

Los diversos textos de la Escritura Santa, con frecuencia, hablan del rostro de Dios, rico en misericordia y lleno de ternura. Este le ofrece al creyente una seguridad y confianza en Dios. El rostro divino siempre ha dirigido su mirada a los suyos; sus ojos están pendientes de todos. A la vez, sus oídos escuchan las alabanzas que se elevan a Él, así como atienden los clamores del pueblo cuando sufre y de quienes se sienten abatidos por los opresores. Los creyentes hablan del rostro de Dios que dirige su atención a los seres humanos. Sin embargo, éstos no tenían acceso directo  al mismo. Excepción conocida fue la de Moisés, quien pudo ver a Yahvé cara a cara. El recibió como consecuencia de ello el resplandor de su gloria en su propia faz. Desde ese momento, debió vivir con un velo que le ocultara el rostro glorificado al que nadie podía mirar ni tener acceso.

 

Con la llegada de Jesús, Dios se hizo presente en la historia de la humanidad. A partir de ese momento no hubo necesidad de un velo que ocultara la gloria de Dios. Los anhelos de la gente se fueron cumpliendo: se realizó lo que la Palabra de Dios cantaba en los salmos: “tu rostro buscaré”. Ahora los seres humanos se encontraban ante Alguien que, sin velo alguno, mostraba la verdadera faz de Dios. Por eso, Jesús, ante la pregunta que le formulara Felipe, responde: “quien me ve a mí, ve al Padre”. Jesús es el gran revelador del Padre Dios mediante sus enseñanzas y acciones salvíficas, así como con toda su Persona. De allí que pudiera ser reconocido como el “testigo fiel”. Esto mismo explica porqué Jesús califica a sus discípulos como sus propios testigos, ya que ellos llegan a convertirse en reflejo del rostro de Dios.

 

Al contemplar el “Rostro sereno” ciertamente podremos descubrir el del Padre Dios. La leve sonrisa de satisfacción que se dibuja en él habla del cumplimiento de la voluntad salvífica de Papá Dios. Como lo dirá un gran teólogo de la Iglesia, “en el desconocido semblante de aquel abyecto, se refleja inmaculada y resplandeciente la voluntad del Padre” (Von Balthasar) Jesús ha ofrecido sacerdotalmente su vida. Lo ha hecho por amor y cual Cordero pascual inmolado entregó su cuerpo y derramó su sangre por la liberación de toda la humanidad. Las huellas de esa entrega hablan del sacrificio con el cual se consiguió la salvación. En la mencionada sonrisa de satisfacción está retratada la misericordia del Padre Dios.

 

Entonces, todo lo anunciado por Jesús en la Última Cena se transfigura en la Cruz. En su Oración Sacerdotal, Jesús explica lo que le dijo a Felipe: “Quien me ve a mí, ve al Padre. Desde la Cruz, en el “Rostro sereno” podemos percibir que el Padre y Jesús son una misma cosa. En ambos se lee el evangelio de la salvación: la página de la promesa y designio del Padre; la página viviente del cumplimiento y la inauguración de la plenitud del Reino de Dios. Por eso, al admirar el “Rostro sereno”, que no se ha ocultado a nadie con ningún tipo de velo, nos reconocemos como hijos del Padre. Gracias a la entrega del Señor Jesús, hemos podido llegar a ser hijos de Dios. Esto también se deja sentir en esa hermosa sonrisa que vemos en los labios entreabiertos del “Rostro sereno”.

 

En la Cruz, el misterio de la encarnación llega a su máxima realización. Es el colmo de la decisión de un Dios que se hizo hombre. Pablo nos lo recuerda hablándoles a los Filipenses y de una manera clara. El Dios hombre se abajó tanto hasta desprenderse de su condición divina. Así, la encarnación se hace redención de una manera más radical con la muerte sacrificial de Jesús. Es, de verdad, un misterio y como tal ve descubriendo la intencionalidad de Dios; ya lo hemos dicho y lo reiteramos: se trata de la salvación de los seres humanos sin excepción de ninguna clase.

 

El “Rostro sereno” nos brinda los elementos para re-descubrir en la humanidad de Jesús el también “rostro del hombre”. En primer lugar, la “Verdad” acerca del hombre encuentra en Jesús una hermosa realización. ¡Qué impresionante es poder ver en Jesús la mejor manifestación de lo que significa “ser hombre”! Dios-Hijo por quien fueron hechas todas las cosas –incluyendo al ser humano-, al encarnarse se hizo igual en todo al hombre menos en el pecado. Él, con sus enseñanzas y acciones, reafirmó lo que significa ser imagen y semejanza de Dios. En la Carta a los Colosenses, se profesa que Cristo es “imagen del Dios invisible”, lo cual hace desde su propia humanidad. Jesús nos enseña que todo ser humano posee una dignidad. Ésta, lamentablemente, se resquebrajó con el pecado. De allí la misión del Señor: derrotar al maligno y al pecado. Aunque Jesús, por ser Dios humanado, es inmaculado y no tiene pecado, ha cargado sobre sus hombros el destino de toda la humanidad. Entonces, se convierte en Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

 

Precisamente, aunque muestran los signos violentos de la tortura y martirio, su “Rostro sereno” revela la imagen del “hombre nuevo”. Los ojos, cerrados plácidamente, demuestran que aguardan la Resurrección y, con ella, la nueva creación, con la cual se termina de abrir el horizonte y vocación de toda la humanidad a la plenitud. Esto es el “hombre nuevo” que se enrumba al encuentro definitivo con Dios, y para ello camina en la novedad de vida. En el “Rostro sereno” conseguimos contemplar la imagen del hombre, hijo de Dios Padre.

 

Ahora bien, en ese mismo “Rostro sereno” podemos reconocer los rostros de cada uno de nosotros así como el de todos nuestros hermanos los seres humanos. En la “faz lumínica” del Santo Cristo reconocemos el rostro bonito de nuestros niños y jóvenes que irradian esperanza e ilusión por la vida; el rostro curtido del obrero y del agricultor; el rostro lleno de sabiduría de nuestros ancianos; el rostro solidario de quienes atienden a los pobres y necesitados; el rostro de nuestra gente que manifiesta una fe profunda; el rostro de nuestros sacerdotes que muestran su compromiso en la configuración a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote; el rostro de nuestros laicos, fuerza evangelizadora; el rostro sudoroso de los miles de peregrinos que acuden ante el Santo Cristo de la Grita y al santuario de la Madre Consoladora en Táriba, con el esplendor de una religiosidad sincera; el rostro de toda una Iglesia con sabor a pueblo.

 

Pero también el Cristo de los Milagros muestra los signos de un dolor causado por los golpes y torturas. Las cicatrices y hematomas hablan del ensañamiento de sus verdugos. Al mirarlo con fe, reconocemos el rostro sufriente de tantos hermanos; el rostro de quienes están pasando hambre de verdad; el rostro de los niños a quienes no se les da las facilidades para trasplantes de médula o para recibir un tratamiento digno; el rostro de tantísimos enfermos sin cuidados médicos necesarios y urgentes; el rostro angustiado de los numerosos migrantes que salen del país en búsqueda de mejores condiciones de vida; el rostro triste de numerosos padres y abuelos que se quedan solos mirando cómo se van sus seres queridos; el rostro de los privados de libertad que ahora quieren ser colocados como carne de cañón; el rostro de los hermanos pemones que, indefensos, vieron como asesinaban a sus coterráneos; el rostro de los familiares de quienes están siendo torturados y hasta asesinados como es el caso del Capitán Acosta y el concejal Fernando Albán; el rostro lleno de perdigones y ahora sin ojos para ver en el joven Rufo Chacón; el rostro empobrecido del pueblo al cual pertenecemos.

 

Sin embargo, el “Rostro sereno” en no pocos casos no se deja mostrar porque no falta quien lo oculte con oscuros velos de maldad y pecado. Es el lamentable velo de quienes han hecho  la opción por la corrupción en sus variopintas manifestaciones; es el gris velo de los que promueven, defienden y realizan el aborto; es el tenebroso velo de los narcotraficantes y de quienes se siente los dueños de la vida de los demás; es el negro velo de los usurpadores que destruyen esperanzas; es el endurecido velo de los contrabandistas, “bachaqueros”, de los que matraquean y los miembros de los grupos irregulares; es el velo de los que prefieren vivir sumergidos en el pecado del mundo. A todos ellos los invitamos a que se conviertan, dejen la maldad y se unan a todos los que transfiguramos el “Rostro sereno” del Señor de los Milagros. Y este año, dedicado a la conversión en nuestra Iglesia de San Cristóbal, sería una excelente oportunidad para ello.

 

Ante todo esto, tenemos una garantía: el “Rostro sereno” es el del Salvador y Liberador. Es Él quien destruye todo tipo de velo que oscurece o desfigura el verdadero rostro del Señor en la humanidad. También es Él quien purifica el rostro sufriente de los más pobres y adoloridos, como lo hiciera la Verónica; y asimismo es Él quien sigue iluminando pascualmente la faz y la vida de quienes hen hecho la opción por el Reino.

 

Inspirados en la Palabra de Dios, podemos ahora sacar algunas conclusiones para nuestra vida yasí reiterar ante Dios y la sociedad el compromiso cierto de nuestra Iglesia de San Cristóbal. En primer lugar, es un momento para reafirmar y renovar nuestra existencia marcada por el Bautismo, mediante el cual llegamos a ser el rostro de Cristo. Esto nos conduce a tener plena conciencia de que nuestra identidad es sellada por el mismo Señor Jesús. Pablo nos da la clave al afirmar: “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Dicha identidad es reforzada con el sacramento de la confirmación. El Espíritu Santo nos da la fuerza para poder ser testigo convincente del Evangelio de Jesús. Por ser testigos, ciertamente, demostramos que somos el rostro vivo de Jesús hoy.

 

En segundo lugar, nos corresponde a cada uno de nosotros mostrar el rostro del señor y lo que ello conlleva. Así, también, como la Verónica, nos toca limpiar y purificar el rostro sufriente de los más pequeñuelos. Esto se explicita en el amor preferencial por los pobres y excluidos. Creer en Cristo y dar testimonio suyo exigen vivir esa opción preferencial y descubrir continuamente que los pobres son el sacramento de Cristo Redentor. A la vez, los creyentes y la Iglesia, con su testimonio de fe, caridad y esperanza, son el esplendor de la Verdad; esto es, el faro de la luz del mundo por excelencia. Al hacerlo, rompen la oscurana del pecado y pueden ayudar a la conversión de quienes están sumergidos en el fango del pecado. A la vez, con el testimonio de los creyentes, la gente debe percibir el “Rostro sereno” de Cristo y mirar en Él al Padre Dios.

 

En tercer lugar, sobre todo en estos tiempos de crisis, dificultades y desalientos, nuestra vida debe contagiar esperanza. Esta ha de llevarnos a tener la misma sonrisa del Salvador. No la sonrisa del conformista que parece no poder hacer nada. Tampoco la sonrisa masoquista de quien se acostumbra a “sobrevivir” en las dificultades como si no se pudiera hacer algo más. Nuestro rostro debe dibujar continuamente la verdadera esperanza, la de las bienaventuranzas, la de la gracia, la del protagonismo que hemos de hacer patente en la edificación del reino de paz, justicia, verdad y amor. Todos deben experimentar que estamos cumpliendo nuestra misión, y para ello, en nuestros rostros se debe manifestar la sonrisa de quien cumple la voluntad de Dios: del que en verdad nos hace libres.

 

Hoy, nuevamente, cuales peregrinos, renovamos nuestra fe en el Señor de los Milagros. La Palabra de Dios se vuelve a hacer presencia real en esta Eucaristía. Así nos llenamos de su fuerza para mostrar el verdadero rostro de Dios. Con la protección de nuestra Señora de los Ángeles, nos animamos a reafirmar que, con nuestra vida, con nuestra caridad y con nuestro ejemplo, damos a conocer el “Rostro Sereno” del Señor de los Milagros. Amén.

 

+MARIO MORONTA R., OBISPO DE SAN CRISTOBAL.

6 DE AGOSTO DEL AÑO 2019.

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