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La acción de gracias y la alabanza al Padre

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Me dirijo a ustedes con el corazón rebosante de gratitud y alegría pastoral para invitarlos a detenernos y contemplar, con ojos de fe, el misterio maravilloso que celebramos en cada altar de nuestra Iglesia.

En ocasiones por la prisa de la vida cotidiana, dejamos pasar de largo la santa Eucaristía, que es el sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también, de manera inseparable, un glorioso sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación.

Detengámonos un instante en el significado mismo de la palabra «Eucaristía» significa, ante todo, acción de gracias. Es el reconocimiento humilde y alegre de la Iglesia hacia el Padre por todos sus beneficios; es la respuesta de un pueblo que se sabe profundamente amado y bendecido.

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En el sacrificio eucarístico, no solo llevamos al altar el pan y el vino, en ellos, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de su Hijo.

 Cada cordillera, cada río de nuestra geografía, el fruto de la tierra y el sudor del hombre que la trabaja con esperanza, se elevan en el altar. Nada de lo auténticamente humano o creado queda fuera de este misterio. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer este sacrificio de alabanza, agradeciendo por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad entera.

Es hermoso descubrir que la Eucaristía abraza la totalidad de la historia de la salvación. Es una bendición con la cual expresamos nuestro reconocimiento a Dios por sus tres grandes pilares, entre ellos,  la creación que nos dio la vida, la redención que nos rescató del pecado en la cruz y la santificación con la que el Espíritu Santo nos acompaña día a día. Al celebrar la santa Misa, estamos reconociendo que todo lo que somos y tenemos proviene del amor infinito del Creador.

Pero hay un detalle místico que debe llenar de asombro nuestras almas, la Eucaristía es el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación.

Cuando nos reunimos en la asamblea, nos convertimos en la voz de las criaturas que no tienen voz; somos el canto del universo agradecido. Y este milagro de alabanza solo es posible a través de Cristo. Nosotros, en nuestra pequeñez, no tendríamos el mérito suficiente para elevar una alabanza perfecta al Padre, pero el Señor Jesús, en su infinita misericordia, une a los fieles a su propia persona, a su alabanza perfecta y a su intercesión eterna. De esta manera, el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo, con Cristo y en Cristo, garantizando que sea plenamente aceptado en Él.

Hermanos, que esta profunda verdad transforme nuestra manera de participar en la liturgia dominical. No vayamos al templo por mera costumbre o rutina. Vayamos conscientes de que nos unimos al redentor para presentarle al Padre el dolor, las alegrías, los campos fecundos y los anhelos de todo nuestro pueblo.

Los invito a vivir cada Eucaristía con un corazón desbordante de gratitud, dispuestos a ser, en medio del mundo, signos vivos de su alabanza y constructores de su reino de justicia y paz.

Mons. Lisandro Rivas

Obispo de la Diócesis de San Cristóbal

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