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La ambición de la trascendencia

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“He estudiado, ¡ay!, Filosofía, Derecho y Medicina, y también, por mi mal, Teología, de arriba abajo, con ardiente celo. Y heme aquí ahora, pobre loco, sin saber más que lo que antes sabía”, señala Fausto, protagonista de la inmortal obra de Goethe. Fausto ha alcanzado la cima del conocimiento académico, efectivamente, pero siente que la verdad esencial se le escapa.

Le resulta siempre esquiva. Esta desazón conduce al personaje a comprender que el hombre encarna un deseo de cambio constante, esclavo de una insatisfacción perpetua. Para él, dejar de buscar y conformarse equivale a la muerte espiritual.

El deseo humano de superar sus propios límites ha sido el motor de grandes epopeyas y profundas transformaciones espirituales. En la literatura universal, el Fausto de Johann Wolfgang von Goethe encarnará la insaciabilidad del intelecto y el deseo sensible que lo llevan a representar al hombre moderno, que parece nunca estar satisfecho.

Algo que, en cierta medida, nos recuerda al famoso Magis de san Ignacio de Loyola, que teje la búsqueda incesante de la mayor gloria de Dios. Tanto Fausto como san Ignacio parten de una premisa común: el ser humano tiene un corazón inquieto, cuya sed no se sacia con lo finito.

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Fausto comienza la obra en medio de una profunda depresión y frustración académicas. A pesar de haber estudiado filosofía, jurisprudencia, medicina y teología, exclama: “Y veo que nada podemos saber”.

Su ambición lo impulsa a objetar los límites del conocimiento humano tradicional, buscando en la magia y en Mefistófeles (el diablo) una expansión del ser que no conoce fronteras. Algo que puede traernos a la mente el Magis que san Ignacio desnuda en sus Ejercicios espirituales. Sin embargo, claramente, existen profundas diferencias. Lo que mueve a san Ignacio no es impulsado por una ambición tan mundana, sino, más bien, establecer una respuesta de amor que busque siempre lo más conducente al fin para el que el hombre fue creado.

Según Principio y Fundamento, punto de partida de los Ejercicios Espirituales, «El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima» (23). La ambición de trascendencia de Fausto es fundamentalmente egocéntrica.

 Su pacto con Mefistófeles busca el placer personal, el poder y el conocimiento como una forma de autodivinización. Por su parte, el Magis ignaciano es teocéntrico, lo que desnuda, de entrada, una marcada diferencia en cuanto a dirección y objetivo del deseo: uno va dirigido hacia el yo, mientras san Ignacio apunta hacia el Otro. Mientras Fausto busca poseer el mundo, san Ignacio busca que el mundo sea un medio para un fin superior.

Todo corazón parece estar en permanente inquietud y lo que habita en su fuero interno determina su orientación. Eso que habita en lo más profundo del corazón es lo que orientará, en definitiva, la ética de los medios que emplearé para alcanzar los objetivos.

Fausto, por ejemplo, no dudará en utilizar la mediación demoníaca y sacrificar la integridad de otros; su ética es la del deseo absoluto. San Ignacio, por su parte, nos propone el camino del discernimiento de espíritu, que no es una simple reflexión intelectual o una elección lógica, sino un ejercicio espiritual que ayuda a identificar el origen y el destino de los sentimientos y pensamientos que nos mueven.

Para san Ignacio, la inconformidad no se resuelve obteniendo más cosas, sino ordenando los deseos internos para que coincidan con la voluntad de Dios. Aquí es donde entramos en contacto con la llamada indiferencia ignaciana, que no se trata de apatía, sino de libertad interna para elegir tanto la salud como la enfermedad, la riqueza como la pobreza, siempre que sea para el mayor servicio de Dios.

 Tenemos ante nosotros dos caras de la grandeza del espíritu humano, solo que uno goza de un sentido y propósito mayor depositado en la calidad del amor con que servimos. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz Arteaga

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