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La Crónica Menor: José Gregorio, cien años después

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Día grande la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo. El calendario litúrgico lo recuerda el 29 de junio, fecha en la que tradicionalmente se conmemora el día del Papa. Hace un siglo, después de haber cumplido con la participación en la misa y atendido sus obligaciones ordinarias como médico, José Gregorio tenía en mente visitar y ayudar a “sus enfermos”, a los más necesitados que requerían de él sus cuidados profesionales, su generosidad total pues les proporcionaba medicamentos y comida, salpicado su quehacer con la bonhomía y el bálsamo de un buen hombre.

Con premura, después de comer y adquirir las medicinas en la botica cercana, en una Caracas apacible, sin más tráfico que el tranvía y uno que otro vehículo, encontró nuestro gran médico la muerte, cuando iba a atender a uno de sus pacientes. No recuerda Caracas concentración mayor ni una señal de duelo tan sentida como ante el féretro del médico de los pobres. No pasaba desapercibido aquel hombre de ciencia, adusto y serio, en su traje negro y su bata blanca a los ojos de propios y extraños. Era, sin duda, un ser singular, atípico pero a la vez, ícono de la ciencia, bondad, bien y religiosidad que bulle en la mente y corazón de cada venezolano.

Su estela ha ido creciendo como la sombra al caer la tarde. Para cualquier venezolano, y más allá de nuestras fronteras en diversos lugares, el nombre de José Gregorio lo dice todo, aunque en algunos sitios lo llaman sin más “el doctor Hernández”. Dados como somos a no reconocer en su justa medida las virtudes de quienes nos han dejado, se tardó demasiado en reconocer algo inédito en nuestra tierra: iniciar la causa de beatificación de un bautizado de a pie. A veces pensamos que es algo reservado para clérigos y monjas. Además, nunca en Venezuela se había iniciado ningún proceso de canonización. Tratándose de un “laico” no tenía detrás ninguna organización que lo promoviera. Hubo que esperar treinta años para que el Arzobispo Lucas Guillermo Castillo Hernández diera inicio a un proceso que se prolonga hasta nuestros días.

Sin embargo, José Gregorio es “el santo” de nuestra gente. Todo el que tiene alguna enfermedad o dolencia recurre a la oración pidiendo al médico taumaturgo, el milagro de curación. Valdría la pena preguntarse a cuantos niños se les ha puesto su nombre en agradecimiento por algún favor recibido. Lo cierto es que día a día crece el conocimiento de quien fue este hombre que brilló en medio de una Venezuela rural, atrasada, sin mayores recursos, siendo uno de los pioneros de la modernización de las disciplinas médicas en nuestra patria. Junto a otros distinguidos galenos proporcionaron una mejor salud a la ciudadanía. Pero junto a este resplandor científico, fue mayor la luz que arrojó su testimonio personal y su fe cristiana que lo llevó a ser un empecinado buscador de perfección religiosa cristiana, poco común en el entorno de entonces.

En la actualidad estamos conmemorando el centenario de su muerte, con el empeño de orar para que su anhelada beatificación renueve la fe en toda la extensión de nuestra patria. La propaganda oficial ha elevado al panteón de los héroes a multitud de militares y a muy pocos civiles. Quienes nos dirigen piensan que son las guerras las que construyen, cuando es todo lo contrario. Hombres y mujeres en todo el caleidoscopio de oficios y profesiones son los que han labrado el país que en hora aciaga un grupo de fanáticos pretende destruir para ofrecer el espejismo de una nueva sociedad inexistente.

Oremos con insistencia, pero unamos la plegaria con el testimonio del servicio desinteresado al prójimo como signo samaritano de misericordia, perdón y reconciliación. Nadie mejor que el ejemplo de José Gregorio para plasmar en cada uno de nosotros el auténtico venezolano de cuerpo entero como el médico de los pobres, José Gregorio Hernández Cisneros, a quien esperamos ver pronto elevado a los altares para unirnos más en el bien de sentirnos y ser hermanos.

 

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

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