Como su pastor, me detengo hoy con ustedes ante el misterio de los misterios, aquel que sostiene cada una de nuestras comunidades y que da sentido a nuestro caminar: La sagrada eucaristía. El catecismo nos lo dice con una fuerza que estremece el alma: ella es la «fuente y el culmen de toda la vida cristiana».
Imaginemos por un momento nuestra vida de fe como un organismo vivo. La eucaristía es el corazón. De ella brota la fuerza para todos los demás sacramentos, para nuestros ministerios, para las obras de caridad de nuestras cáritas parroquiales y para todo esfuerzo de apostolado. Todo, absolutamente todo, se ordena hacia ella. ¿Por qué? Porque en la eucaristía no recibimos simplemente una bendición o un símbolo; recibimos a Cristo mismo, nuestra Pascua.
En ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia. Por eso, cuando nos reunimos en nuestras asambleas dominicales, no estamos asistiendo a un evento social, sino que estamos acudiendo a la fuente de agua viva. Sin la Eucaristía, nuestras obras serían mera filantropía y nuestra predicación, palabras vacías. Ella es la que nos santifica y la que eleva nuestro culto al Padre en el Espíritu Santo.
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El catecismo nos enseña que la unidad del pueblo de Dios se realiza de manera admirable en este sacramento. En nuestro Táchira, valoramos profundamente la mesa compartida, el encuentro familiar y la solidaridad. La Eucaristía es, en esencia, esa mesa donde Dios mismo nos sienta para significar que somos un solo cuerpo.
Es la cumbre de la acción de Dios: en Cristo, Él santifica al mundo. Pero también es la cumbre de nuestra respuesta: a través de Cristo, nosotros damos culto al padre. Es un intercambio de amor infinito donde la divinidad se une a nuestra humanidad. En cada misa, el cielo toca la tierra y San Cristóbal se convierte en un reflejo del reino de Dios.
Finalmente, hermanos, la eucaristía nos ofrece algo que el mundo no puede darnos: la anticipación de la vida eterna. Al celebrar la Cena del Señor, ya nos estamos uniendo a la liturgia del cielo. Es un «ya pero todavía no». Es la prenda de que un día Dios será «todo en todos».
San Ireneo de Lyon lo decía bellamente: «nuestra manera de pensar armoniza con la eucaristía». Nuestra fe no es una ideología abstracta; es una fe eucarística. Si creemos que Cristo está vivo, si creemos en la resurrección, si creemos en el amor que se entrega hasta el extremo, es porque la Eucaristía lo confirma día tras día sobre el altar. Ella es la suma de nuestra fe, el compendio de nuestra esperanza y el vínculo de nuestra caridad.
Les invito, hijos míos, a que no permitamos que la costumbre apague nuestro asombro. Que cada vez que nos acerquemos a comulgar, lo hagamos con la conciencia de que estamos tocando la eternidad. Que nuestra vida, alimentada por este pan de vida, se convierta también en una «eucaristía viva» para nuestros hermanos, especialmente para los más necesitados y los que sufren.
Que Nuestra Señora de la Consolación, la primera custodia del cuerpo de Cristo, nos enseñe a amar este misterio con todo el corazón.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


