Nos encontramos ante uno de los misterios más profundos y consoladores de nuestra fe, la presencia viva, real y transformadora de Jesucristo en medio de su Iglesia. Al adentrarnos en las enseñanzas del Catecismo el corazón se llena de un profundo gozo pastoral, porque constatamos que no seguimos a una idea abstracta ni a un recuerdo del pasado. Seguimos a una Persona viva, al Señor Resucitado que continúa caminando a nuestro lado.
Ciertamente, el Señor se hace presente de múltiples maneras, entre ellas, en la belleza de su palabra proclamada, en la oración comunitaria donde dos o tres se reúnen en su nombre, en el rostro desgarrado de los pobres, sufrientes y encarcelados, y en la acción santificadora de los sacramentos.
Sin embargo, en el sacramento de la Eucaristía, esta presencia alcanza su plenitud insuperable. No se trata de una presencia simbólica o metafórica; es una presencia verdadera, real y substancial. En el Pan y el Vino consagrados está contenido Cristo entero: su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
¿Cómo es esto posible? No por mérito humano, ni por la capacidad del ministro ordenado, sino por el poder formidable de su Palabra y la acción silenciosa e invencible del Espíritu Santo.
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Como bien nos recordaba el gran San Juan Crisóstomo, el sacerdote presta sus labios y sus manos, pero es la palabra misma de Cristo “esto es mi cuerpo” la que transforma los dones. Santo Tomás de Aquino y San Ambrosio nos invitan a contemplar con asombro este milagro.
Si la palabra del creador tuvo el poder de hacer brotar el universo entero de la nada, ¿cómo no va a tener el poder de transformar la naturaleza del pan y del vino en su propio cuerpo y sangre? Es la transubstanciación, el prodigio del amor divino que desafía nuestra lógica finita y apela directamente a nuestra fe.
Hermano esta verdad no es solo un dogma para reflexionar intelectivamente, es un misterio para ser vivido y adorado. Desde el momento sagrado de la consagración, Jesucristo permanece allí de manera íntegra, en cada partícula y en cada gota, esperándonos. Su presencia subsiste en el sagrario para convertirse en el refugio de nuestras fatigadas almas.
Por eso, la Iglesia nunca ha cesado de rendir culto de adoración al Santísimo Sacramento. Cuando nos arrodillamos ante el altar, cuando inclinamos la cabeza en la Santa Misa, cuando pasamos un tiempo en silencio ante el Sagrario o acompañamos las procesiones eucarísticas, estamos reconociendo la grandeza del Dios que se hizo pequeño por amor.
Te invito hoy a renovar tu fe en la Eucaristía. Acércate a la mesa del Señor no por costumbre, sino con un corazón asombrado y agradecido. Deja que el Espíritu Santo, el mismo que transforma las especies panificadas, transforme también tu vida, tus dolores y tus alegrías. Que cada Comunión sea un encuentro transformador con la Fuente de la vida eterna.
Con mi bendición de obispo y pastor, los animo a ser custodios y testigos de esta gran presencia en medio del mundo. Amén.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal—


