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La unidad del cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia

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Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, paz, bendición y gozo en el Señor para todos ustedes. La Eucaristía no solo edifica la fe individual, sino que hace y construye a la Iglesia. Nos abraza en una sola realidad mística. Si el Bautismo nos injertó en el cuerpo de Cristo, la comunión frecuente fortalece, profundiza y hace florecer esa unión. “Un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan”, nos enseña San Pablo.

Qué belleza contempla San Agustín cuando se dirige a los fieles sobre la mesa del altar. Nos recuerda que, al escuchar “El cuerpo de Cristo» y responder «Amén», estamos firmando un compromiso de vida. Responder «Amén» significa ratificar con el corazón y con las obras que somos auténticos miembros de su Cuerpo. Por eso, ese «Amén» litúrgico pierde su verdad si no se proyecta fuera del templo, en la cotidianidad de nuestras vidas, en el servicio fraterno y en el amor a quienes caminan a nuestro lado.

Aquí es donde el misterio eucarístico se vuelve un llamado exigente e ineludible: la Eucaristía entraña un compromiso de amor en favor de los más pobres. No podemos comulgar con la cabeza si despreciamos a sus miembros más vulnerables.

San Juan Crisóstomo nos lo echa en cara con ardor apostólico: si hemos sido juzgados dignos de alimentarnos de la Sangre del Señor en la mesa celestial, ¿cómo no juzgaremos digno de nuestro Pan y nuestro abrazo al hermano golpeado por la necesidad, la soledad o el abandono? Reconocer a Cristo presente en el altar nos obliga, con la misma fe, a reconocerlo en el rostro sufriente del abuelo, del enfermo, del desvalido y del marginado. La Eucaristía que no se traduce en caridad concreta se vuelve una mesa deshonrada.

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Por eso exclamamos con el corazón henchido: ¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh vínculo de caridad! Este Pan Santo es fuente inagotable de unidad. Aunque duelen profundamente en el alma las divisiones que aquejan a la familia humana y a la Cristiandad impidiéndonos sentarnos juntos en la misma mesa, la Eucaristía nos impulsa a rezar sin descanso por la reconciliación y la unidad completa de todos los creyentes.

Valoramos con respeto a las Iglesias orientales que conservan la sucesión apostólica y los verdaderos sacramentos, e igualmente reconocemos la búsqueda sincera de la comunión en las comunidades eclesiales de la Reforma. Aun en medio de las normas pastorales y las excepciones de gracia ante necesidades graves, la Iglesia nos invita a mantener siempre un corazón generoso, ecuménico, dispuesto al diálogo y a la oración ferviente por la unidad.

Amados diocesanos, no permitamos que la recepción del Santísimo Sacramento se convierta en una rutina. Que cada comulgatorio sea un altar de compromiso social, de sanación de las heridas de nuestro pueblo y de edificación de la paz. Seamos, en cada rincón de nuestra geografía, verdaderas custodias vivientes que lleven el amor, la justicia y la fraternidad de Cristo a todos los rincones.

Con afecto de padre y pastor, les envío mi bendición en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Mons. Lisandro Rivas

Obispo de la Diócesis de San Cristóbal 

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