“No vayas fuera, vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad”, es la invitación que, desde la profundidad de la sabiduría, nos lanza san Agustín. Sin embargo, lo que para el obispo de Hipona era el camino abierto y franco hacia la libertad, para el hombre contemporáneo se siente como una expedición a una tierra hostil.
¿Realmente el hombre moderno entiende y valora la libertad? Para san Agustín el corazón es centro gravitacional de la existencia, lugar del encuentro con lo trascendente. Sobre esto nos han hablaron recientemente Francisco y León XIV. Sin embargo, el diseño de la vida moderna parece haber sido cuidadosamente orquestado para evitar, a toda costa, que el hombre se encuentre a solas con su propia conciencia.
Vivimos en una cultura de la extroversión obligatoria. Todo parece que deber ser mostrado, dicho. El espacio de la intimidad ha desaparecido para darle rienda suelta a la exposición. La identidad hoy no se cultiva en el silencio, se construye en el escaparate. El hombre moderno existe en la medida en que es visto, likeado o validado externamente. Volver al corazón implica desconectarse de la red de estímulos constantes, y para una generación educada en el horror vacui, o miedo al vacío, el silencio no es una oportunidad, sino una amenaza.
Volver al corazón no es un paseo idílico como pudiera suponerse. Se trata de enfrentarse a un espejo que no utiliza filtros. Al entrar en la propia interioridad, lo primero que se encuentra no es siempre la paz, sino cierto desorden aglutinado en heridas no sanadas, contradicciones morales y la finitud. La resistencia de la voluntad brota del miedo.
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Parece más fácil gestionar una crisis laboral o una agenda llena que gestionar la angustia existencial que surge cuando dejamos de correr. El hombre prefiere la alienación, es decir estar fuera de sí, porque el sí mismo a menudo le resulta un extraño incómodo. A esto nos expuso, sin preparación alguna, la pandemia y, quizás, todavía no hemos salido de la impresión por lo que allí, en ese encierro involuntario, hallamos.
Cuando san Agustín pide volver al corazón, no lo hace por decir algo simple y agradable. Lo hace desde la propia experiencia vital. Él mismo lo deja al desnudo cuando en sus Confesiones señala que su voluntad estaba encadenada. Nosotros sufrimos una fragmentación de la voluntad aún más aguda.
Estamos dispersos en mil deseos superficiales que anulan el gran deseo de trascendencia. La sociedad de consumo nos entrena para desear objetos, no para desear ser, esto se ha trajinado mucho, pero nos hallamos casi incompetentes para asumirlo. Por lo tanto, la invitación al corazón fracasa porque el músculo del deseo profundo está atrofiado; preferimos la gratificación instantánea de lo exterior que el arduo proceso de la maduración interior.
Volver al corazón es hoy un acto revolucionario. No es una exageración poética; sino más bien una descripción técnica de lo que sucede cuando un individuo decide romper con la inercia del sistema actual. En un mundo que monetiza nuestra atención y externaliza nuestra identidad, mirar hacia adentro es subvertir las reglas del juego. No es sencillo porque exige renunciar a la anestesia del entretenimiento perpetuo y abrazar la responsabilidad de la propia vida.
La dificultad no reside en que el camino sea largo, sino en que el punto de partida que es la voluntad, está secuestrado por la inmediatez. San Agustín nos recuerda que la verdad nos espera dentro, pero para entrar, primero debemos perder el miedo a lo que somos cuando nadie nos está mirando. El viaje al corazón sigue siendo la distancia más corta hacia la libertad, aunque hoy parezca el camino más difícil de transitar. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz Arteaga


