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Ofertorio: pan de la creación y la vida del pueblo en las manos de Cristo

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Queridos hermanos y hermanas en nuestra anterior catequesis meditábamos sobre el banquete de la divina palabra; hoy, iluminados por los numerales 1350 y 1351 del Catecismo de la Iglesia Católica, nos disponemos a contemplar ese momento sagrado y entrañable que marca el inicio de la liturgia eucarística, como la presentación de las ofrendas.

Es un rito que realizamos domingo tras domingo, pero que corre el riesgo de convertirse en una rutina si no descubrimos el hondo misterio que encierra. El Catecismo nos enseña que, durante el ofertorio, “se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo”.

Qué hermoso es ver a nuestros fieles caminar por el pasillo central del templo llevando estos dones. En ese pan y en ese vino, que San Ireneo de Lyon llamaba «lo que proviene de su creación», va contenida la vida misma de nuestro pueblo.

En el altar de cada parroquia de nuestra Diócesis de San Cristóbal, ese pan representa el sudor de los campesinos de nuestros campos andinos, el esfuerzo del trabajador, las fatigas de la madre de familia y la esperanza de los jóvenes.

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Al colocar el pan y el vino en las manos del sacerdote, estamos haciendo suyo el gesto antiguo de Melquisedec y, por encima de todo, estamos poniendo los dones del creador en las manos del mismo Jesucristo. Él es quien, en las especies que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre, lleva a la perfección todo sacrificio humano. Es la acción misma de la Última Cena que se actualiza hoy en nuestro suelo tachirense.

Sin embargo, la liturgia de la Iglesia nunca desvincula el culto a Dios del amor al prójimo. El numeral 1351 nos recuerda una verdad fundamental que se remonta a los primeros siglos: “Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad”.

La colecta no es un simple trámite administrativo ni una interrupción en la misa; es un acto profundamente litúrgico. Nos inspiramos en el ejemplo de Cristo, “que se hizo pobre para enriquecernos”. Ya en el siglo segundo, San Justino describía de manera bellísima cómo lo recogido se entregaba al obispo para atender a “los huérfanos y viudas, a los que la enfermedad priva de recursos, los presos y los inmigrantes”.

Hoy, en nuestra realidad actual, este llamado resuena con una urgencia ensordecedora. No podemos presentarnos ante el altar con las manos llenas para nosotros y el corazón vacío para los demás. El pan que se ofrece para ser consagrado exige que abramos los ojos ante el hermano que padece hambre, ante las familias que sufren o ante tantos que se encuentran solos y desamparados.

Nuestra ofrenda dominical debe prolongarse en el altar de la vida diaria a través de la solidaridad, la justicia y la entrega generosa. Una Iglesia que celebra la eucaristía es, por naturaleza, una Iglesia samaritana y servidora.

Hermanos, los invito a vivir este momento del ofertorio con una nueva disposición interior. Cuando vean subir los dones al altar, entreguen también sus propias vidas, sus dolores, sus trabajos y su compromiso social. Que María de la Consolación, nuestra Madre amada, que supo hacer de su vida una ofrenda permanente y pura al Creador, nos enseñe a darnos por completo a Dios y a nuestros hermanos necesitados.

 Mons. Lisandro Rivas Obispo de la Diócesis de San Cristóbal 

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