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Ante la  muerte  de  Adolfo  Rivas  Ostos

 

Recuerdo las últimas palabras de su despedida. “Ante lo que pueda suceder, mi casa está a la orden para lo que sea”. Fueron en 2016, tras cumplir el sueño de su vida: visitar España. Aquí en Sevilla (¡oh, ciudad eterna, abierta siempre a América, como buena Madre nutricia de Naciones!) lo atendí dándome entero. Era su primer y ansiado viaje a la Madre Patria. No la conocía, pero deseaba con vehemencia hacerlo, “costara lo que costara”, repetía. Lo logró, y yo con el mejor empeño y dedicación, viendo su existencial firmeza, le ayudé a completar su sueño. Era furibundo amigo de lo español. Y de los españoles rectos de corazón, no los fulleros. Esos “que se dan” de verdad y actúan a tiempo, no cuando tienen tiempo. Lo ofrecí aquí en España, como a cuantos venían (y siguen viniendo) de Venezuela, con los alcances y circunstancias de una persona de 87 años, que son los que voy a cumplir. “Mi casa en la Coromoto es la tuya, está de par en par para ti”, recalcó con el último abrazo rompecostillas que nos dimos. Él regresaba a la amada San Cristóbal del Táchira, y yo me quedaba (¡otra vez taciturno, turbado!) en esta Sevilla de los embrujos, que atrapa a cualquiera por cualquier de ellos. El mío, el existencial. Los ancestros, zapateros fabricantes de borceguíes desde el siglo XVIII, por la vía paterna. “Esto es un hasta luego”, insistía Adolfo en aquel adiós, y me animó en el firme propósito de regresar a Venezuela, que yo tenía. Y sigo teniéndolo. Pero, ¡oh manes del destino tozudo!, otra vez truncado. La marcha de Adolfo tapona nuevamente el sueño del retorno. Otra puerta que se cierra, ya incontables las veces. Y ocurre manteniendo como mantengo firmemente el deseo existencial de pasar el último trayecto de mi vida en Venezuela. Sea cual sea su calidad socioambiental y sus difíciles contratiempos. Que, cuando llegue el día, sea Ella la que me acoja, como me acogió al llegar allí y dándome todo lo que soy. Me abrió las posibilidades, que no hallé en esta mi Tierra natal, y allá deseo estar. De bien nacido es ser agradecido. Además, siempre fui un hombre de palabra. En mi primer libro, dedicado a las Ferias de San Sebastián, sellé el compromiso seria y claramente: “A su tierra bendita me llevarán con los pies por delante”, dije hace 50 años y me reafirmo. Pero, así son las cosas… La muerte de Adolfo, a quien recordaré siempre por buen vecino, cabal amigo y singular taurino, último portazo a mis pretensiones vigentes, también evitó que la Diosa Amistad presenciara lo buena pareja (¡taurina!), que hubiésemos hecho bajo un mismo techo, en los entrañables ambientes de su familia y su “Rincón Taurino Manolete”, que fue en boceto lo que planificamos en aquel postrer abrazo…

 

Ramón Medina Cledón

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