En este XV Domingo del Tiempo Ordinario, la parábola del sembrador (Mateo 13, 1-23) nos interpela profundamente en el contexto de nuestra realidad venezolana. Jesús, el sembrador por excelencia, no ha dejado de esparcir la semilla de su palabra, de su amor y de su justicia en los surcos de nuestra historia, incluso en medio de las sequías y los espinos de la incertidumbre, la carencia y la fatiga social.
A menudo, nos sentimos como aquel terreno pisoteado o cubierto por los abrojos de la preocupación. Las crisis prolongadas y el agotamiento pueden cerrar nuestro corazón a la esperanza, haciendo que la palabra parezca ineficaz. Sin embargo, el Evangelio de hoy no es un diagnóstico de fatalidad, sino una invitación a la responsabilidad. ¿Cómo está el suelo de nuestro corazón? ¿Estamos permitiendo que la semilla de Dios encuentre, en medio de las dificultades, un espacio donde echar raíces profundas?
Lea también: Santa Sede: la IA es un verdadero progreso si está al servicio de la dignidad humana
La presencia de Jesús no es una abstracción. Él es el compañero de camino que nos sostiene cuando la carga pesa demasiado. Reconocerlo presente en nuestro prójimo -especialmente en el que sufre, en el que emigra y en el que resiste con fe- es el primer paso para convertirnos en «tierra buena».
En Venezuela, ser cristiano hoy implica ser un sembrador de esperanza. Aunque el entorno parezca hostil, nuestra misión es dar fruto con perseverancia.
Que nuestra vida, habitada por la presencia de Cristo, se convierta en testimonio de que, ni en el tiempo más árido, Dios abandona a su pueblo. Él sigue sembrando; nosotros estamos llamados a acoger el don y fructificar. Así sea
Pbro. José Lucio León
Director


