Como su pastor, me detengo hoy con ustedes ante el umbral de un misterio que sobrecoge el alma y que constituye el centro de nuestra como lo es la eucaristía en la economía de la salvación. Al contemplar los signos del pan y del vino, no vemos simplemente elementos de nuestra mesa cotidiana, sino el lenguaje con el que Dios ha decidido escribir nuestra historia de libertad.
En el corazón de cada santa misa, el pan y el vino ocupan un lugar privilegiado. Como bien nos enseña el Catecismo, estos signos significan, en primer lugar, la bondad de la creación. Aquí en nuestro estado Táchira, sabemos bien lo que significa el sudor en la frente para labrar la tierra. Cuando presentamos las ofrendas, no solo entregamos trigo y vid; entregamos el esfuerzo del campesino de nuestras aldeas, la lucha del obrero y la esperanza de cada familia.
Es el «fruto de la tierra y del trabajo del hombre». Al igual que Melquisedec ofreció pan y vino como gesto de bendición, nosotros devolvemos al creador lo que es suyo, para que Él, por la fuerza del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, lo transforme en algo infinitamente mayor: Su propio cuerpo y su propia sangre.
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El pan y el vino tienen una memoria antigua. Para el pueblo de Israel, el pan ácimo recordaba la salida apresurada de Egipto; era el pan de la libertad. El maná en el desierto les enseñaba que el hombre vive, sobre todo, de la palabra de Dios.
Hoy, nosotros también transitamos por desiertos. Muchos de nuestros hermanos viven su propio éxodo, marcados por la incertidumbre y la fatiga. Sin embargo, en la Eucaristía, el Señor nos regala un sentido nuevo. Ya no es solo el pan de la nostalgia o de la supervivencia, sino el Pan de la tierra prometida, la prenda de que Dios es fiel a sus promesas. El cáliz de bendición que compartimos es la alegría de saber que Jerusalén será restablecida, que nuestra historia tiene un destino de gloria y no de derrota.
Fíjense, hermanos, en cómo Jesús preparó nuestros corazones a través de sus milagros. La multiplicación de los panes prefigura la sobreabundancia de la eucaristía. Dios nunca da poco; Él se da por entero a la multitud hambrienta. Y en las bodas de Caná, al convertir el agua en vino, Jesús anuncia esa hora en la que el banquete del Reino se hará realidad.
La eucaristía es fiesta, es el vino nuevo que alegra el corazón del hombre y nos permite vislumbrar las bodas eternas con el padre. No es un rito seco, es el cumplimiento de la alegría que tanto anhela nuestro pueblo tachirense.
Pero no nos engañemos: este misterio es, al mismo tiempo, una piedra de escándalo. Desde aquel primer anuncio en Cafarnaúm, la eucaristía ha dividido los corazones. Es duro este lenguaje, decían algunos. Y hoy, la pregunta de Jesús sigue resonando en nuestras montañas y valles: “¿También vosotros queréis marcharos?”.
Aceptar la eucaristía es aceptar la cruz. Es reconocer que Dios se hace pequeño, se hace pan, se deja partir. Es un misterio de humildad que choca con la soberbia del mundo. Pero junto a Pedro, nosotros respondemos con fe: «Señor, ¿a quién iremos? Solo Tú tienes palabras de vida eterna».
Hermanos, acoger el don de la Eucaristía es acoger a Cristo mismo. No nos cansemos de adorarlo, de recibirlo y de llevarlo a quienes tienen hambre de justicia y de consuelo. Que la Virgen de la Consolación nos enseñe a decir «sí» a este misterio de amor, para que nuestra vida sea siempre una ofrenda agradable al padre.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


