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La Institución de la eucaristía: El corazón de nuestra esperanza

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Desde el corazón de nuestras montañas andinas, donde la fe se respira con la misma pureza que el aire de la mañana, me dirijo a ustedes como su pastor para contemplar el misterio más grande de nuestra fe: la Institución de la eucaristía.

El catecismo nos recuerda hoy una frase que debe quedar grabada en el alma: «el Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin». Este «hasta el fin» no solo significa el límite cronológico de su vida, sino la entrega total, sin reservas, de su divinidad y su humanidad.

 Jesús, sabiendo que la hora de la partida se acercaba, no nos dejó un simple recuerdo de piedra o un libro de memorias; nos dejó una prenda de amor, se quedó Él mismo en el pan y el vino.

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Antes de instituir el sacramento, el Señor hizo algo que nos conmueve profundamente: les lavó los pies. En este gesto, Jesús une indisolublemente la eucaristía con el servicio. No podemos celebrar el misterio del altar si no estamos dispuestos a servir a nuestros hermanos en las periferias, en los hospitales y en cada hogar de nuestro estado Táchira. El mandamiento del amor es la llave que abre el sentido de la Cena. La eucaristía nos hace partícipes de su Pascua, pero también nos compromete con el prójimo.

Jesús eligió el tiempo de la Pascua judía para darle su cumplimiento definitivo. aquella cena de los ázimos, que recordaba la liberación de la esclavitud en Egipto, se transforma en la mesa de la nueva alianza. Pedro y Juan prepararon el lugar, pero fue Cristo quien preparó el don.

Cuando el Señor dice: «con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer», nos revela el ardiente deseo de Dios de unirse a la humanidad. Esa misma ansia de Cristo se renueva en cada misa que celebramos en nuestras parroquias. Él desea encontrarse con el joven que busca un futuro, con el anciano que busca consuelo y con el trabajador que, a pesar de las dificultades, mantiene la esperanza en alto.

Las palabras de la institución: «esto es mi cuerpo… Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre», son la garantía de que no estamos solos. En un mundo que a menudo se siente fragmentado, la eucaristía es el centro de unidad. Es el memorial que actualiza el sacrificio de la cruz. Cristo se nos da como el pan de vida, bajado del cielo para alimentarnos en el camino hacia el reino.

Al decir: «Haced esto en recuerdo mío», Jesús constituyó a los apóstoles sacerdotes del Nuevo Testamento. Hoy, esa cadena de amor continúa a través de nuestros sacerdotes, quienes, a pesar de sus propias fragilidades, prestan sus manos y su voz para que el milagro se repita en cada rincón de nuestra geografía tachirense.

La eucaristía es también una ventana abierta al cielo. Anticipa la Pascua final de la Iglesia en la gloria del reino. Cada vez que comulgamos, estamos probando un pedacito de la eternidad. Es la fuerza para seguir caminando, para seguir construyendo una sociedad más justa y para no desmayar ante las pruebas.

Hermanos, que este misterio de la Institución nos lleve a valorar cada santa misa como el regalo más preciado de Dios a su pueblo. Que la Virgen Nuestra Señora de la Consolación nos enseñe a recibir a su hijo con el mismo amor con que ella lo llevó en su seno.

Mons. Lisandro Rivas

Obispo de la Diócesis de San Cristóbal

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