El libro de Lamentaciones es atribuido tradicionalmente al profeta Jeremías. No fueron redactadas en la comodidad de un templo ni en tiempos de paz, sino desde las cenizas de una catástrofe nacional. Se trata de un libro poético-elegíaco en el que se hace duelo por la destrucción del reino de Judá y, especialmente, por la ciudad de Jerusalén avasallada por el ejército de Nabucodonosor. En el corazón del libro, hay un versículo que se ha transformado en un refugio recurrente para mi corazón en momentos aciagos. Jeremías, en medio del asedio del imperio babilónico, del hambre que dibujó terribles escenas de canibalismo desesperado, del incendio del Templo, centro de la identidad y la fe judía, escribe: «Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová» (3,26)
Este versículo fue puesto en mi corazón por Antonio Rosmini. Fue muy importante en su vida en un momento de persecución e injusticia. Creo que, en cierta medida, fue su auxilio en un momento en el cual fui perseguido y tratado con espesa injusticia. El versículo condensa una espiritualidad donde la esperanza no es pasividad, sino una confianza lúcida que se expresa en un silencio contemplativo y obediente, de aceptación humilde de la disciplina purificadora de Dios, no de resignación fatalista. El propio Rosmini lo recoge en una de sus máximas. En la tercera expresa que un «cristiano debe gozar de una perfecta tranquilidad y conservar un gozo pleno, descansando enteramente en su Señor […] debe expulsar de su corazón la inquietud y toda especie de ansiedad y de solicitud».
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Apuesta Rosmini por la plena confianza en Dios. Abandono total y absoluto a su misericordia. Obediencia silente como respuesta reverente a un Dios cuya salvación llega en su tiempo, no en el tiempo calculado por el hombre, y que esta espera configura un resto fiel dentro de un pueblo quebrantado. Jeremías, así lo comprendió Rosmini y muchos más, intuyó que hay una dimensión de la verdad que solo se entrega en el silencio; frente a una razón puramente técnica, el silencio abre un espacio de receptividad donde el ser humano reconoce que no es dueño del sentido último de su vida. Silencio que rompe con el afán de controlar el curso de la historia, abriendo al hombre a un Misterio que le precede y le trasciende.
El silencio es un lugar privilegiado de la revelación. San Juan de la Cruz ha dicho que «el silencio constituye el paisaje de la Biblia» y que la única Palabra del Padre, el Hijo, «habla siempre en el eterno silencio, y en el silencio ha de ser escuchada por el alma». Investigaciones sobre la mística silenciosa desnudan cómo el recogimiento y la quietud interior no son manifestaciones de evasión intimista necesariamente, sino un camino de conocimiento de Dios que transforma la manera de estar ante el mundo y ante los otros. El silencio al cual apelan Jeremías y Rosmini es aquel lugar donde se entrelazan la conciencia del pecado y del sufrimiento, la confianza en la fidelidad de Dios y la disciplina del silencio interior.
En su obra La oración contemplativa, Hans Urs von Balthasar enseña que el hombre debe hacerse espacio vacío para que la Palabra de Dios pueda resonar. El silencio es el presupuesto de la audición. Sin este silencio, el discernimiento es imposible porque solo escuchamos el eco de nuestras propias angustias. Quizás por ello, San Ignacio de Loyola apeló a la indiferencia, no por falta de interés, sino por disponibilidad total. Callando la queja, el hombre deja de intentar proyectar su propia voluntad sobre Dios. Al silenciar la queja, que Santa Teresa de Jesús llamaba a veces melancolía o distracción del amor, la persona entra dentro de sí, permitiendo que la acción de Dios fluya sin obstrucción de nuestro juicio personal. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz Arteaga


