Nos unimos nuevamente en el altar del corazón para contemplar el mandato más tierno y exigente que el Señor dejó a su Iglesia: “Haced esto en memoria mía”.
El catecismo nos adentra hoy en el misterio de esta obediencia amorosa. Cuando el Señor nos pide repetir sus gestos y sus palabras, no nos está pidiendo un mero ejercicio de la memoria intelectual. No se trata de recordar un hecho del pasado como quien lee las páginas de un libro de historia, ni siquiera como quien repasa con nostalgia las crónicas centenarias de nuestro querido Táchira.
El mandato de Jesús es una fuerza viva: exige la celebración litúrgica. Cada vez que el sacerdote eleva la hostia y el cáliz, el misterio pascual se hace presente, aquí y ahora. Su vida, su muerte, su gloriosa resurrección y su intercesión constante ante el Padre se actualizan en el altar.
Desde el alba de la fe, la Iglesia ha sido profundamente fiel a esta orden. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos regala un retrato bellísimo de la primera comunidad de Jerusalén: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones”.
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¡Qué hermoso espejo para nuestras parroquias tachirenses! Aquellos primeros cristianos nos enseñan que la eucaristía no es un acto aislado. Está unida a la comunión, a la alegría y a la sencillez de corazón. Ellos partían el pan en las casas, compartían el alimento y daban testimonio. Esa misma fe es la que ha sostenido a nuestro pueblo a lo largo de las generaciones. En cada aldea, en cada comunidad de nuestra geografía diocesana, la fracción del pan sigue siendo el motor que nos une como hermanos, que nos hace superar las dificultades y que nos impulsa a la caridad.
El texto nos recuerda que era sobre todo “el primer día de la semana”, el domingo, el día de la resurrección, cuando los cristianos se reunían para el gran encuentro. Desde aquellos tiempos apostólicos hasta nuestros días, la estructura fundamental de la Santa Misa ha permanecido inalterable. Se ha perpetuado por los siglos y en todas las latitudes de la tierra.
Por eso, el domingo debe seguir siendo para nosotros el día del Señor, el día de la familia, el día en que detenemos el afán diario para volver a la fuente. La eucaristía es, y debe ser siempre, el centro de la vida de la Iglesia y de cada uno de nuestros hogares. Sin el alimento del domingo, nuestro caminar se vuelve pesado y nuestras fuerzas desmayan.
Finalmente, el catecismo nos regala una visión de profunda esperanza. De celebración en celebración, anunciamos el misterio pascual “hasta que venga”. El pueblo de Dios no está estático; es un pueblo peregrino. Y como nos dice el Concilio Vaticano II, este pueblo “camina por la senda estrecha de la cruz”.
Sabemos que el camino diario tiene sus cruces: las pruebas económicas, las preocupaciones familiares, el dolor de la enfermedad. Pero la eucaristía es el viático, el pan para el camino que nos asegura que la cruz no tiene la última palabra. Cada Misa es un anticipo, un ensayo general del banquete celestial, donde todos los elegidos nos sentaremos a la mesa del Reino en la gloria eterna.
Hermanos, que al escuchar nuevamente el mandato “Haced esto en memoria mía”, renovemos nuestro amor por la santa misa. Seamos, como la primera comunidad, hombres y mujeres de comunión, de oración y de un testimonio alegre en medio del mundo.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


