Jesucristo no nos dejó una simple enseñanza ni una memoria abstracta; se nos entregó a sí mismo en el Santísimo Sacramento como el “pan vivo bajado del cielo”. Comulgar su carne y su sangre es abrazar la vida eterna y permitir que Él habite en nosotros y nosotros en Él, transformando nuestra existencia desde la raíz.
La Eucaristía es, sin lugar a dudas, el corazón y la cumbre de la Iglesia. En cada Misa, no estamos repitiendo el sacrificio de la cruz, sino haciéndolo presente en el altar. Cristo asocia a su esposa, la Iglesia, a su alabanza perfecta al Padre, derramando un torrente de gracias sobre todos nosotros, sus miembros.
Esta celebración constituye un solo y mismo acto de culto sagrado: escuchamos con reverencia la Proclamación de la palabra, elevamos la acción de gracias por los beneficios recibidos, presenciamos el prodigio de la consagración y nos acercamos con temor santo a participar del banquete celestial.
Es imprescindible recordar quién es el verdadero protagonista de este misterio: es Cristo mismo, el Sumo y Eterno Sacerdote. Él actúa a través de las manos y la voz de los presbíteros válidamente ordenados, quienes, aun en su fragilidad humana, han recibido el ministerio de consagrar el pan de trigo y el vino de vida.
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Cuando el sacerdote pronuncia las palabras instituidas por Jesús en la última cena y se invoca la fuerza del Espíritu Santo, la sustancia del pan y del vino desaparece para dar paso a la presencia verdadera, real y substancial de Nuestro Señor: su Cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.
Este dogma consolador de la transustanciación nos confirma que Dios no está lejos de sus hijos. En los momentos de prueba, cuando el cansancio o la incertidumbre agobian a nuestras familias y comunidades, el Sagrario permanece como la fuente inagotable de nuestra fortaleza. Allí está el Señor, vivo y glorioso, esperándonos para renovar nuestras fuerzas y sanar nuestras heridas.
Hermanos, no permitamos que la costumbre opaque el asombro ante tan grande misterio. Que cada participación en la santa Misa sea un encuentro consciente, preparado y gozoso con el Salvador. Vivamos sostenidos por este Pan de Vida y seamos, a nuestra vez, instrumentos de su amor, unidad y caridad para con los más necesitados.
Con mi afecto de pastor, les envío a todos mi bendición en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


