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Cristo es amistad

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Escribió la Madre Félix Torres al salir de unos Ejercicios Espirituales: «El amor de Cristo es de AMISTAD. ¡Que dulce es ser amigo de Cristo! El amor de Cristo se me comunica y, si lo admito y le abro, mi corazón me avasalla y me hace feliz, y en principio me transforma, me convierte: “Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”. Él me ama y yo le amo». La Madre me ayuda a comprender a Cristo como fundamento de la amistad. No solo por tratarse de aquel que nos elevó de la condición de siervos a la de amigos (Jn 15,15), sino porque, a través de Él, Dios Padre muestra su rostro como amor y misericordia.

En Redemptor Hominis, San Juan Pablo II señala a Jesucristo como el camino que nos conduce de manera inequívoca para comprender nuestro corazón. Al igual que lo concibió la Madre Félix, estas palabras del Santo Padre deberían ser tomadas como una revelación que nos muestra a Jesucristo como un camino abierto hacia el corazón de cada ser humano, ya que solo en Él el misterio del hombre abraza su propia luz y esto es válido, como señala la Gaudium et Spes, no solo para el cristiano, sino para todos los hombres de buena voluntad.

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Hace poco más de 20 años, el Papa Benedicto XVI brindaba un mensaje en el Meeting de Rímini, en el cual meditó sobre la contemplación de la belleza. Una meditación en la cual reconocía, y nosotros con él, que Jesucristo es el más bello de todos los hombres, pero no solo la belleza exterior con la que aparece el Redentor es digna de ser glorificada, «sino que, en él, sobre todo, se encarna la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo, que nos atrae hacia sí y a la vez abre en nosotros la herida del Amor». Sin embargo, esa belleza quedó desfigurada hasta el punto de ser irreconocible, así lo denunció Isaías. Justo allí es donde, precisamente, su belleza brilló más intensamente.

Esta paradoja, que puede conducir a la confusión, despierta al corazón para comprender un misterio: el misterio de su amor. El corazón ve claramente una contraposición, pero no una contradicción. Ambas afirmaciones provienen del mismo Espíritu que inspira toda la Escritura, el cual, sin embargo, suena en ella con notas diferentes y, precisamente así, nos sitúa frente a la totalidad de la verdadera Belleza, de la Verdad misma. Belleza y Verdad que deben estimular el tejido de la amistad: acompañamiento en los tiempos de luz, pero definitivamente en los tiempos de oscuridad.

En la Carta Encíclica Dilexit Nos, el Papa Francisco nos ayuda a comprender una dimensión distinta en los gestos y palabras de Jesucristo. En las líneas del documento nos recuerda que Cristo no quiso dar muchas explicaciones sobre la naturaleza de su amor, ya que se explayó en desnudar su misterio en gestos. Resalta Francisco que Cristo nos considera algo suyo, no como algo extraño y ajeno. Ya no somos servidores, somos amigos. «De hecho, él tiene otro nombre, que es “Emanuel”, y significa “Dios con nosotros”».

A través de los gestos de Jesús, la ternura de Dios se expresó en silencio, en cuyos trazos se desbordó su bella y particular ciencia de las caricias, que, como gotas que refrescan el alma, terminan iluminando nuestra existencia. Luz que ilumina el camino, que nos muestra la realidad y la verdad del amor que da sentido a la amistad. Una amistad que no es sorda a los gritos del alma que se esconden tras el frágil vidrio del disimulo, de la evasión. La misma concepción de la amistad que le enseñó a la Madre Félix que todo parece poco cuando se trata de los demás, del prójimo. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz Arteaga

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