Como su pastor, al contemplar el caminar de nuestra Diócesis de San Cristóbal, no puedo sino detenerme ante el misterio que sostiene cada una de nuestras parroquias: la sagrada eucaristía. Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre algo que a veces damos por sentado, pero que es el lenguaje del amor de la Iglesia hacia su Esposo: el decoro y la belleza de la celebración.
Recordemos aquel pasaje conmovedor donde María derrama un perfume de gran precio sobre el Señor. Hubo quienes, con una mirada puramente humana, lo llamaron «derroche». Sin embargo, Jesús defendió aquel gesto. ¿Por qué? Porque ante la inminencia de su entrega, aquel perfume era el signo del honor debido a su Cuerpo.
Hermanos, la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha imitado este gesto de María. No hemos tenido miedo de «derrochar» lo mejor de nuestro arte, de nuestra arquitectura y de nuestros recursos para custodiar el Misterio Eucarístico. No se trata de un lujo mundano; es el asombro reverente ante un Dios que se hace pequeño en un trozo de pan. Cuando entramos a nuestras iglesias en el Táchira, desde nuestra imponente Catedral hasta el templo más sencillo de nuestras aldeas, todo el brillo del cáliz, la limpieza del altar, la dignidad de los ornamentos debe susurrar: «Aquí está el Señor».
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Jesús mismo pidió a sus discípulos preparar cuidadosamente una sala grande para la Última Cena. Él no improvisó. Hubo una delicadeza previa, una sensibilidad litúrgica que hoy nosotros heredamos.
Aunque la eucaristía es un convite que nos inspira familiaridad y cercanía, nunca debemos caer en la tentación de banalizarla. Es un banquete, sí, pero es un banquete sacrificial. Es el pan de los ángeles (panis angelorum) al que nos acercamos con la humildad del centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa». El decoro exterior es el reflejo de esa humildad interior. Si cuidamos con esmero el lugar donde recibimos a un invitado importante en nuestras casas, ¿cuánta más delicadeza debemos tener con el Altar del Sacrificio?
La eucaristía ha plasmado nuestra cultura. La arquitectura, la pintura y la música no han sido solo adornos, sino servicios a la fe. En nuestra tradición andina, hemos visto cómo el genio de nuestros artesanos y artistas se ha puesto al servicio del Sagrario.
Miremos, por ejemplo, el icono de la Trinidad de Rublëv. Allí, el compartir el misterio de Cristo está inmerso en la unidad de Dios. Ese es el ideal de nuestra Iglesia particular: que nuestras celebraciones sean un «icono» de la Trinidad. Por ello, hago un llamado a los artistas, a los coros parroquiales y a los consejos de pastoral: sigan las normas de la Iglesia no como una camisa de fuerza, sino como una guía para que la belleza no distraiga del Misterio, sino que lo haga transparente.
Hijos míos, el esmero en la liturgia es una expresión efectiva de amor. Les pido que cada sacristía sea un lugar de orden, que cada canto sea una oración elevada y que cada silencio en la Misa sea un espacio para la adoración.
Que la Virgen de la Consolación nos enseñe a preparar en nuestro corazón esa «sala grande», digna, limpia y bella, para que el Señor pueda seguir entregándose por la vida del mundo en nuestras comunidades.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


