El Segundo Domingo de Pascua, consagrado por San Juan Pablo II como el Domingo de la Divina Misericordia, nos invita a sumergirnos en el misterio más profundo del amor de Dios. No se trata simplemente de una devoción piadosa o un recuerdo histórico; es la respuesta definitiva del Resucitado ante la fragilidad de nuestra condición humana.
En el contexto actual, marcado por la incertidumbre social y la fatiga espiritual, el mensaje que Jesús confió a Santa Faustina Kowalska resuena con una vigencia estremecedora. El cristiano de hoy, a menudo abrumado por sus propias sombras o por un mundo que parece haber olvidado el perdón, encuentra en la llaga del costado de Cristo un refugio seguro. La misericordia no es un concepto abstracto, sino una fuerza transformadora que nos permite mirar nuestras heridas sin desesperación.
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La repercusión de esta fiesta en nuestra vida cotidiana debe ser doble: recibir y ofrecer. Quien se sabe profundamente amado por Dios en su miseria, adquiere una nueva sensibilidad hacia el prójimo. Hoy, más que nunca, estamos llamados a ser canales de esa paz que el Señor sopló sobre los apóstoles en el Cenáculo. Ser «misericordiosos como el Padre» implica pasar de una fe de cumplimientos a una fe de encuentros, donde la caridad y la paciencia sean el sello distintivo de nuestro caminar.
Que este domingo sea la oportunidad para renovar nuestra confianza con esa oración sencilla pero poderosa: «Jesús, en Ti confío». Que esa confianza se traduzca en gestos concretos de reconciliación y esperanza en medio de nuestra sociedad. Así sea.
EVANGELIO (JN 20, 19-31)
San Juan en su Evangelio nos relata hoy dos apariciones posteriores a la resurrección de Jesús. Cristo resucitado nos regala su paz y nos asigna una misión. Preparémonos a la escucha de esta Buena Nueva, cantando el aleluya.
Del santo Evangelio según san Juan
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar.»
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Luego le dijo a Tomás: «Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree». Tomás le respondió: ¡Señor mío y Dios mío!». Jesús añadió: «Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto». Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron estos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
Pbro. José Lucio León–Director Diario Católico


