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Don Bosco, padre y maestro al lado de los jóvenes

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En el día en que la Iglesia conmemora a Don Bosco, recorremos su vida con algunas reflexiones de los Pontífices, entre ellos Francisco que lo recordó en el Ángelus de ayer, víspera de la fiesta salesiana, y Pío XI que lo proclamó santo en 1934. Don Giuseppe Costa, coportavoz de la Congregación Salesiana declara: «Hoy Don Bosco trataría de ayudar a los jóvenes a no sentirse solos».

Amedeo Lomonaco – Ciudad del Vaticano

Un maestro «sostenido por una confianza inquebrantable en Dios». Un padre al servicio de los jóvenes, «empezando por los más frágiles y abandonados», que propuso «un estilo educativo hecho de razón, religión y bondad amorosa».

Este es el retrato de Don Bosco esbozado por el Papa Francisco durante su visita pastoral a Turín en 2015 en la Basílica de María Auxiliadora, un lugar «que representa el corazón de la vida y la obra» del santo piamontés. «Un gran santo, padre y maestro de la juventud», recordó ayer Francisco, en la víspera de su fiesta, un santo que «no se encerró en la sacristía», sino que con su característica «creatividad» salió a la calle a buscar a los jóvenes».

El programa para la salvación de las almas

Don Bosco dedicó su vida espiritual y apostólica a un «programa» preciso: «Da mihi animas, cetera tolle» (Dame las personas; toma los bienes para ti, Génesis 14,21).

En estas palabras, recuerda Benedicto XVI en su carta dirigida en 2008 a los participantes en el XXVI Capítulo General de los Salesianos, «se encierra toda la personalidad del gran santo: una profunda espiritualidad, una iniciativa creativa, un dinamismo apostólico, una laboriosidad incansable, una audacia pastoral y, sobre todo, su consagración sin reservas a Dios y a los jóvenes. Fue un santo de una sola pasión: la gloria de Dios y la salvación de las almas».

Tocado por el carisma de Don Bosco

En la figura de Don Bosco hay un «intercambio entre educación y santidad». Como explicaba San Juan Pablo II en 1996 dirigiéndose a los Salesianos, el apóstol de los jóvenes «realiza su santidad personal a través de su compromiso educativo, vivido con celo y corazón apostólico, y sabe proponer, al mismo tiempo, la santidad como objetivo concreto de su pedagogía».

En 1988, durante su visita pastoral a Turín, el Papa Wojtyła también afirmó: «Cuando me encuentro aquí, en esta ‘Colina de las Bienaventuranzas’, la Colina de Don Bosco, cuando miro la entrada de esta iglesia, no puedo evitar recordar la entrada de otra iglesia que se parece un poco a esta, incluso arquitectónicamente: la parroquia de San Estanislao Costka en Cracovia. Allí el carisma de Don Bosco me ha tocado a través de sus hijos espirituales, los salesianos».

Enseñanzas que no envejecen

Para Pablo VI, el santo piamontés es «un ejemplo incomparable de humanismo cristiano».

Los principios humanos y cristianos en los que se basa su sabiduría educativa, subrayó el Papa Montini el 20 de diciembre de 1971 en un discurso al final del Capítulo General Extraordinario de la Sociedad Salesiana, «llevan en sí mismos valores que no envejecen».

También en 1971, en un encuentro con los religiosos del Ateneo Salesiano, Pablo VI afirmó que «las exigencias profundas de la espiritualidad y del ministerio sacerdotal permanecen, en su sustancia, inalteradas a lo largo de los siglos, y mañana como hoy se llamarán: unión con Dios, amor a la cruz, desprendimiento de los bienes terrenales, espíritu de oración, castidad generosa y vigilante, obediencia plena a los representantes de Dios y entrega total al servicio del prójimo». «Este es el espíritu de San Juan Bosco», añadió. «Y este es el testimonio que la gran familia salesiana sigue dando en el mundo».

Apóstol de la juventud

San Juan Bosco, recordaba Juan XXIII durante su pontificado, es «el apóstol de la juventud» y «sigue vivo en el encanto que ejerce sobre las almas de los jóvenes». De niño, el Papa Roncalli leía las «Lecturas Católicas de Don Bosco».

«Este nombre -subrayó Juan XXIII el 31 de enero de 1960 refiriéndose al santo piamontés- es un poema de gracia y de apostolado: desde una pequeña aldea del Piamonte llevó la gloria y los éxitos de la caridad de Cristo hasta los últimos confines del mundo». «A su bendito nombre -añade Juan XXIII- la Santa Iglesia asocia a sus santos compatriotas Giuseppe Cottolengo y Giuseppe Cafasso: y a la llamada de esta tríada se despierta el recuerdo de innumerables y humildes sacerdotes y de grandes héroes de la caridad, que en Italia, en las antiguas diócesis, como en todas las naciones de Europa y del mundo donde la Iglesia de Roma extiende sus pabellones, perpetúan las manifestaciones de ardiente y fiel celo sacerdotal y pastoral».

El Oratorio, «una pequeña Iglesia» para los jóvenes

Otro rasgo distintivo de la vida de Don Bosco, como recordó Pío XII en 1940, fue la oración. «Cuando fundó su primera casa de educación y enseñanza», explicó el Papa Pacelli durante la audiencia general del 31 de enero de 1940, «quiso llamarla no taller, sino oratorio, como él mismo dijo, porque pretendía que fuera sobre todo un lugar de oración, una pequeña Iglesia donde los jóvenes pudieran reunirse».

Pero su ideal -explica Pío XII- era también que el oratorio se convirtiera casi en un hogar para los jóvenes que allí se reunían. ¿No era acaso porque «Mamá Margarita» había hecho de la casita de los Becchi una especie de oratorio para él? Imagínense allí a la joven viuda con los tres niños arrodillados para la oración de la mañana y de la tarde; véanlos como angelitos, con sus ropas de fiesta que ella había sacado cuidadosamente del armario, yendo al pueblo de Murialdo para asistir a la Santa Misa».

Una vida junto a los menos

La vida de Don Bosco sigue siendo un testimonio indeleble que continúa inspirando en el mundo actividades pastorales, proyectos y carismas al servicio de los jóvenes y los pobres. Nacido en Castelnuovo d’Asti el 16 de agosto de 1815 en el seno de una familia de campesinos, Juan quedó huérfano con sólo dos años. Su madre Margarita fue un ejemplo de vida cristiana. Desde muy joven, empezó a sentir el deseo de ser sacerdote. A la edad de nueve años, tuvo un sueño profético: se encontraba en medio de una multitud de niños que jugaban. Algunos, sin embargo, blasfemaban.

Inmediatamente Juan se lanzó sobre ellos con puños y patadas para silenciarlos. Pero un personaje (Jesús) le dice: «No con golpes, sino con bondad y amor deberás ganarte a estos amigos tuyos… Te daré la Maestra (María) bajo cuya guía puedes llegar a ser sabio, y sin la cual toda sabiduría se convierte en necedad».

Poco después de su ordenación, Juan reunió a los primeros muchachos a su alrededor. Comenzó a acoger a huérfanos sin hogar. Les enseñaba a trabajar y a amar al Señor, cantaba, jugaba y rezaba. El 8 de diciembre de 1844 inauguró un «oratorio» dedicado a San Francisco de Sales en las afueras de Turín, en Valdocco. En aquella época, había muchos chicos pobres que buscaban trabajo, huérfanos o abandonados, expuestos a muchos peligros.

Muerte y funeral

Don Bosco murió a los 72 años, el 31 de enero de 1888 en Turín. El funeral se celebró en la iglesia de María Auxiliadora. Pío XI recordaba el día de su canonización (1 de abril de 1934): «Al solemne acompañamiento del funeral asistieron obispos, canónigos, párrocos y muchos sacerdotes venidos de lejos, así como una multitud de fieles». Más que un funeral, añade el Papa Ratti, «parecía un verdadero triunfo o el traslado de las reliquias de un santo». Después de su muerte, «la reputación de santidad que había merecido en vida» creció día a día. Muchos -señala Pío XI- en su carta «Geminata laetitia», «empezaron a visitar la tumba, ya sea para honrarlo, o para invocar su intercesión ante Dios».

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