La parroquia en su dimensión misionera no es una simple estructura organizativa o un centro de trámites pastorales; es, fundamentalmente, el ámbito privilegiado para el encuentro vivo con Jesús.
Se sabe y se reconoce como un cauce a través del cual la gracia de Dios fluye hacia las personas (EG 1). Como nos recuerda la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de quienes se encuentran con Cristo.
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Instrumento de alegría
Una parroquia auténticamente misionera se goza al saberse instrumento servicial para hacer gustar a todos la alegría de la salvación. En medio de un mundo marcado por el consumismo y la autorreferencialidad, la comunidad parroquial promueve la alegría del corazón abierto, libre y fraterno (EG 2).
Sabe que su misión prioritaria es ser un canal transparente y jamás un obstáculo o una aduana para el encuentro personal con el Señor (EG 3-6). Por esta razón, invita decididamente a una alegría austera, sencilla y desprendida; una alegría que no nace de la acumulación de bienes ni de la comodidad personal, sino que brota del encuentro gozoso con Alguien que transforma radicalmente toda la existencia (EG 6-8).
Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del aislamiento. Esta alegría no es un destello pasajero, sino una realidad profunda que se renueva constantemente y que, por su propia naturaleza, necesita ser comunicada a los demás (EG 2-8).
Asimismo, la parroquia misionera encuentra su satisfacción más alta en el esfuerzo permanente por la evangelización. No entiende la misión como una carga o un deber pesado, sino como la fuente verdadera del dinamismo comunitario.
Aviva en cada uno de sus miembros el deseo ardiente de una realización personal en plenitud (EG 8-9), compartiendo con entusiasmo la «dulce y confortadora alegría de evangelizar» (EG 9). En una sociedad que confunde la realización con el egoísmo, la parroquia vive y promueve el estilo propio de Jesús: la certidumbre de que la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento; es decir, que el ser humano solo logra “realizarse en la entrega” (EG 10).
Dios sorprende
Para mantener vivo este impulso, la parroquia apuesta siempre por la inagotable novedad del Evangelio. No teme revisar sus estructuras ni sus métodos pastorales, sino que propone un anuncio renovado dejándose tocar continuamente por la frescura de Cristo, que es siempre joven y fuente inagotable de novedad (EG 11). La comunidad se abre con fe al Dios que nos madruga, toma la iniciativa en el amor y nos precede en cada camino humano (EG 12-13).
Por otra parte, la parroquia entiende que su labor se debe a todas las personas, pero guarda un amor y un cuidado preferencial hacia los alejados. Cuando anuncia la Buena Noticia, no lo hace como quien impone una pesada obligación moral, sino como quien desea transmitir una inmensa y contagiosa felicidad (EG 14).
Comunión
Aunque atiende con solicitud a quienes participan habitualmente, sus entrañas pastorales vibran con mayor fuerza al ir en búsqueda de los que están fuera o desanimados (EG 15). De este modo, y desde la responsabilidad directa que le corresponde en la comunión de su propia Iglesia diocesana, acoge con gozo el aliento y las orientaciones del Sucesor de Pedro, haciendo suya la primavera renovadora que el papa Francisco promovió para toda la Iglesia (EG 16-17).
Pbro. Jhonny Zambrano
Vicario Episcopal de Comunicación


