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La Religiosidad Popular en la devoción al “Santo Cristo de La Grita”

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La religiosidad popular nace del pueblo, quien expresa de manera externa a través de sus devociones su unión con Dios. La fe cristiana se encarna en la religión del pueblo y se expresa en su cultura, en su modo de actuar, en sus tradiciones. Al ser una expresión externa de la comunidad adquiere la forma popular y responde a una cultura propia y característica de una región o localidad específica. Como indica Lucio Gera: “la interioridad religiosa se exterioriza. El hombre expresa en formas exteriores, su representación del objeto religioso y su actitud ante él. Las formas exteriores, además de ser expresiones de la interioridad del hombre, son para el hombre religioso, medios para lograr la cercanía de Dios, la comunión con Él, su protección”.

Esta realidad se ve reflejada de manera directa en la devoción que existe en el estado Táchira a la imagen venerada del Santo Cristo de La Grita. No se trata de una imposición o una simple fiesta popular sino como indica el Papa Francisco “una verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal”. Esta devoción, que nace del pueblo y se convierte en un lugar teológico, ofrece muchos aspectos de reflexión que permiten constatar que se está ante una manifestación de religiosidad popular. La fuerza evangelizadora que nace de la religiosidad popular ofrece la posibilidad de ser testigos de la actuación de Dios a través del ícono del Santo Cristo. El pueblo no se encuentra con una imagen cualquiera del Señor Crucificado, sino se encuentra con el mismo Cristo, que con sus brazos abiertos les recibe para transmitir su amor y misericordia.

Los relatos de la tradición señalan que la motivación de elaborar la imagen del Cristo, surge por la misma situación de pánico y temor que había sembrado el terremoto acaecido en 1610. Los monjes franciscanos, responsables de la formación espiritual del pueblo y como mediadores ante la trágica situación, ofrecen hacer la imagen del Crucificado. Para ello, la tarea ardua comienza por el hecho de encontrar la pieza de manera completa y perfecta para la obra, pues el talento humano estaba presente en el monje Francisco, fraile de la comunidad. Además de la lógica que implica seguramente un trabajo artesanal y artístico, lo llamativo del relato está al momento de esculpir el rostro, donde interviene la acción de Dios a través de la actuación de un ángel que esculpe el rostro del Cristo sereno. Tal tradición que se ha ido dando de generación en generación, ha permitido fortalecer y arraigar en el creyente un sentido más religioso. Inicialmente la devoción a la imagen se manifestaba a través de la contemplación al ícono religioso. La gente se acercaba delante de la imagen a observar lo sucedido en el año 1610, según el relato ya establecido. Esta llevaba a ir creando un ambiente de espiritualidad y sentido religioso acompañado del proceso de evangelización dado por los frailes. Más tarde, los sacerdotes que ejercían su servicio pastoral veían como iban creciendo las manifestaciones de fe hacia este ícono religioso.

Benedicto XVI afirma que la religiosidad popular es el “precioso tesoro de la Iglesia latinoamericana, y que ella se debe proteger y promover”. Esta brota del sensus fidei, que como indica el Papa Francisco es la capacidad que tiene el hombre de discernir, es decir, poder comprender verdaderamente lo que viene de Dios. La fe del hombre que es expresada dentro de la vida del pueblo, y reconocida por medio de la misma sabiduría popular, busca ser caracterizada por diversas notas o maneras de su propio sentir. Este sensus fidei es lo que da fuerza a la religiosidad popular y asegura que no es una simple invención del hombre que se traduce en costumbre popular.

La V Conferencia Episcopal de América Latina celebrada en Aparecida propone la piedad popular como un espacio de encuentro con Jesucristo, el cual constituye una verdadera profesión de fe. Se destaca “la piedad popular que penetra delicadamente la existencia personal de cada fiel y, aunque también se vive en una multitud, no es una espiritualidad de masas”. El documento de Aparecida indica que la piedad popular es un “imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda”. Por eso, el discípulo misionero tiene que ser “sensible a ella, saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables”.

Esta devoción popular tan arraigada en el corazón de las personas y en el corazón del pueblo, forma parte de la Iglesia y se identifica con ella, a tal punto que es valorada como señalaba Juan Pablo II como un tesoro del pueblo de Dios. Estas manifestaciones de religiosidad, presentes en todo un pueblo, y en cada peregrino que año tras año acude al valle del Espíritu Santo, son un reflejo real de religiosidad popular, un espacio teológico donde el Señor manifiesta su gracia y su amor, un lugar donde el pueblo se encuentra con su Creador y Señor.

 

Pbro. Ricardo Casanova

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