El primer día de noviembre la Iglesia viste sus mejores galas para celebrar la Solemnidad de Todos los Santos. No contemplamos hoy únicamente a aquellos hermanos canonizados que figuran en el santoral oficial y cuyos nombres adornan nuestros templos, sino a una multitud incalculable de hombres y mujeres de todo tiempo, raza y condición que, tras haber recorrido con fidelidad el camino de la vida terrena, gozan ya de la presencia eterna de Dios.
Esta fiesta es la demostración viva de que la santidad no es un privilegio reservado para unos pocos elegidos con vocaciones extraordinarias, sino la meta común y el destino glorioso al que todo bautizado está llamado.
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El Evangelio de este domingo, tomado del célebre Sermón de la Montaña según san Mateo (Mt 5, 1-12), nos presenta la carta magna del cristianismo: las Bienaventuranzas.
Jesús no ofrece en ellas una filosofía abstracta ni un conjunto de reglas morales pesadas, sino un retrato de su propio Corazón y un camino claro hacia la verdadera felicidad. A los ojos del mundo, los pobres de espíritu, los que lloran, los humildes, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de corazón limpio, los que trabajan por la paz y los perseguidos pueden parecer derrotados.
Sin embargo, para el Reino de los Cielos, ellos son los auténticos bienaventurados, pues han colocado su confianza plena en el Señor y no en las certezas pasajeras de este mundo.
La santidad, como nos recuerda constantemente el Magisterio de la Iglesia, no consiste en realizar grandes proezas inaccesibles, sino en vivir las acciones cotidianas impregnadas del amor de Cristo.
Es la santidad de la puerta de al lado: la de los padres que educan a sus hijos con paciencia y entrega, la de los trabajadores honestos que sirven a su comunidad, la de los enfermos que ofrecen su dolor con fe, y la de los jóvenes que no tienen miedo de remar contracorriente para defender la verdad y el bien.
Al celebrar a todos los santos, renovemos la esperanza y el deseo profundo de unirnos un día a esa gran asamblea celestial. Escuchemos el eco del Evangelio que nos invita a no resignarnos a una vida mediocre o tibia.
Que la intercesión de la multitud de los santos nos llene de fortaleza para encarnar las Bienaventuranzas en nuestro día a día y transformar, con la luz del Evangelio, cada rincón de nuestra sociedad.
Pbro. Jhonny Zambrano
Director


