Queridos hermanos, con un corazón agradecido nos volvemos a encontrar en este espacio de fe para profundizar en el misterio que nos congrega cada semana, el desarrollo de la celebración eucarística. El Catecismo nos regala hoy una enseñanza fundamental sobre lo que realmente sucede cuando las campanas de nuestros templos repican y el pueblo fiel acude a la misa. No asistimos a un espectáculo pasivo ni a una simple reunión social, nos adentramos en el misterio del cuerpo de Cristo.
El texto nos recuerda una verdad consoladora “todos se reúnen. Los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística”. Desde las distintas barriadas de San Cristóbal, desde nuestros campos y pueblos, dejamos el afán diario para acudir al altar.
Pero, ¿quién nos convoca realmente? a la cabeza de esta asamblea está Cristo mismo, quien es el actor principal de la eucaristía. Él es el sumo sacerdote de la nueva alianza que preside de manera invisible cada celebración.
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Cuando el obispo o el presbítero se acerca al altar, lo hace como su representante visible, actuando in persona Christi capitis en la persona de Cristo. Es el mismo Señor quien, a través de la voz del sacerdote, toma la palabra después de las lecturas, recibe sus intenciones, sus dolores y esperanzas, y eleva la gran plegaria eucarística.
Qué dignidad tan grande y qué profunda humildad nos exige este misterio, tanto a nosotros los pastores como a ustedes, la grey que nos ha sido encomendada. Una de las bellezas más grandes de nuestra liturgia es que nadie sobra, nadie es un mero espectador. El Catecismo es categórico: “todos tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera”.
La misa es el reflejo de una Iglesia sinodal y corresponsable, un solo cuerpo con diversos miembros. Vemos y valoramos el servicio de los lectores que prestan su voz a la palabra de Dios; de quienes presentan las ofrendas del pan y el vino, fruto del esfuerzo del hombre; de los ministros que distribuyen la comunión con reverencia; y de los coros que elevan nuestras almas.
Pero, de manera muy especial, el Catecismo resalta el papel del pueblo entero. Tu presencia en el banco del templo es vital. Tu respuesta, tus cantos, tus silencios y, sobre todo, tu amén rotundo y consciente, es la manifestación de tu participación activa. Ese amén no es una palabra automática; es el sello de la comunidad que dice: «¡Así es, creemos, nos unimos al sacrificio de Cristo y lo hacemos nuestro!
Hermanos, esta armonía litúrgica donde cada quien asume su rol con amor debe trasladarse a nuestras comunidades. Si en la misa todos somos necesarios y formamos una unidad perfecta, en nuestras parroquias, hogares y puestos de trabajo debemos reflejar esa misma comunión. No puede haber divisiones ni exclusiones en el pueblo de Dios.
Los invito a que, al participar en la próxima eucaristía, ofrezcan al Señor no solo sus necesidades individuales, sino también su disposición de servicio. Pregúntate: ¿Cómo puedo ser parte activa en la misión de mi Iglesia Local?
Que la Virgen de la Consolación, nuestra querida madre y patrona del Táchira, que supo estar presente al pie de la cruz en el mayor sacrificio de su hijo, nos enseñe a vivir cada santa misa con fervor, conciencia y un corazón dispuesto a servir.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


