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¿Podremos asombrarnos? ¿Podremos reaccionar?

Algunas reflexiones de un Pastor en los tiempos actuales

Decir que vivimos tiempos difíciles y en medio de una crisis que nos golpea a todos, ya se ha convertido en un “lugar común”. Hasta hace poco, muchos se preguntaban ¿cuándo se terminará esta pesadilla que tenemos en Venezuela? Hoy, ya no se hace posible esa pregunta porque se  está presentando otra tentación: ¿Cómo sobrevivir sin que tengamos que morir en el intento? Las ilusiones y las esperanzas de la gente sencilla y que, de verdad, sufre, se estrellan ante el muro de la indiferencia de quienes están en el poder, o de quienes negocian con el poder para no perder sus cuotas e intereses particulares. Y siempre hay una justificación (¿?) para hacerlo: “buscamos lo mejor del país.”. “Pensamos en el bien del pueblo”. Lo peor es que no se sienten pueblo, pues siempre han estado encima o han querido retornar a las posiciones que antes tenían y que desembocaron en la tragedia que vivimos.

Hay un texto del profeta Jeremías, quien hace referencia a la sequía que golpeó duramente al pueblo de Dios. Esas palabras proféticas pueden ayudarnos a describir la situación que seguimos sufriendo: “Judá está de duelo y sus ciudades sedientas; el campo está enlutado y de Jerusalén salen lamentos. Los ricos mandaron a los pobres a buscar agua, fueron a los pozos y no encontraron y volvieron con los cántaros vacíos” (Jer. 14,2-4). Guardando las distancias, ciertamente, estas palabras describen la situación actual que nos agobia.

La nuestra no es una sequía como la de aquel entonces. Es otra, tan o más grave. Nuestras ciudades están sedientas de justicia, libertad y de lo necesario para poder vivir. Aunque muchos no lo manifiesten, la inmensa mayoría del pueblo sí está de duelo. Hay un profundo dolor debido a que no se tiene lo que se requiere para vivir dignamente. Además del hambre real con sus serias consecuencias, ya se va disminuyendo la capacidad de adquisición de los venezolanos, pues los sueldos no alcanzan para nada. Esto hace que se recurran a prácticas malsanas que desdicen de la dignidad, como lo es la corrupción, el “bachaqueo”, la especulación…

Respuestas las hay: muchos han emigrado en busca de mejores condiciones de vida para conseguirse con las penurias que supone el abandonar todo para aventurarse en tierras extranjeras. Gracias a Dios que los más son muy bien recibidos y atendidos por grupos humanos y por la solidaridad de las Iglesias hermanas. Lamentablemente no falta quienes cometan desafueros y hagan sufrir a quienes de verdad son decentes y honestos. Otra respuesta es la de “acomodarse” y sacar fruto con la pobreza y el dolor de tanta gente: crece el contrabando, la especulación, la trata de personas, la captación de jóvenes para la prostitución, la indefensión de la mayoría… No hay justicia que valga, pues ella, como lo representa la famosa imagen, ha sido vendada de tal modo que sus ojos no ven ni son capaces de buscar una luz en el camino… No falta la respuesta de quienes prefieren instalarse en los conformismos y en la espera de que otros sean los que decidan o vengan a dar la salvación. Gracias a Dios, hay quienes han reafirmado su compromiso con la liberación del país, a pesar de las persecuciones, de las descalificaciones y de tantas otras amenazas.

Jeremías habla en el texto citado de los ricos que han enviado a los pobres a buscar agua para regresar con los cántaros vacíos. En Venezuela, ese texto habla de los ricos a otro nivel: los que se han enriquecido y embriagado con el poder. Ellos no sufren. Son ellos quienes han hecho realidad la “nueva sequía” que ha dejado a nuestro país en la debacle. ¿Acaso no son ellos los que han destruido la industria petrolera? ¿No son ellos los que han inventado tantas cosas “a favor” de la gente para oprimirla con la escasez, las largas colas para conseguir alimentos y medicinas o la gasolina u otros insumos necesarios? ¿No son ellos quienes han permitido la destrucción de la naturaleza en el así denominado “arco minero”? ¿Dónde van a parar el oro y los otros minerales que son explotados irracionalmente y sin mirar el futuro de nuestras próximas generaciones?

Los pobres han aumentado. No son sólo quienes no reciben el sueldo necesario. También lo son los numerosos niños y ancianos maltratados por la desnutrición; los jóvenes a quienes se les cercenan el futuro y a miles de familias que ven partir a sus hijos lejos del calor amoroso de sus hogares. Son también los golpeados continuamente por la crisis, por la falta de una salud necesaria sin hospitales o sin atención médica. Los pobres son aquellos que sufren los embates de quienes deberían ser sus protectores: ¿Para qué están las autoridades militares en el país? ¿No es para defender los derechos humanos de cada ciudadano y hacer respetar su dignidad; Si esto fuera verdad ¿por qué se persigue al disidente? ¿Por qué en los denominados “puntos de control” bajan a la gente del pueblo para revisarles y quitarles lo que llevan en sus maletines o morrales? ¿Por qué no se dedican a erradicar “todos” los grupos irregulares que controlan ya gran parte del país? ¿Por qué, entonces, no enfrentan a los grupos dedicados al comercio de muerte del narcotráfico en sus variadas expresiones? ¿Por qué no enfrentan a las grandes mafias que trafican con personas o controlan la vida de mucha gente y sus comunidades?

Podemos enumerar miles de calamidades que ahondan los efectos de la “sequía” moral y política que ha convertido a Venezuela en un desierto materialista, donde los pocos oasis que quedan pueden correr el riesgo hasta de secarse. Conocemos estas y otras calamidades. Pero quisiera detenerme en algunas de ellas que muestran la profunda gravedad de nuestra situación. Ante ellas, surge una pregunta inquietante: ¿Podremos reaccionar? Muchas instituciones civiles y religiosas, así como la Iglesia han levantado su voz. Pero pareciera no haber sido escuchada ni apreciada. Más aún, quienes detentan el poder y los que se acobijan a él, como que han tomado la decisión de no hacer caso ni “pararle” (como se dice popularmente en Venezuela) a los mensajes, denuncias, propuestas. Y cuando esperan una voz de apoyo, y se les denuncia lo que están haciendo mal, entonces reaccionan con virulencia. Así sucedió con el “Informe Bachelet” sobre la situación de los Derechos Humanos en nuestra nación.

En los últimos tiempos se han vivido unas situaciones terribles. Lo que se sospechaba, aún con certeza de su existencia, ya no se puede ocultar: la tortura como método propio en los lugares de reclusión de civiles y militares. No sólo se ha denunciado. Hay expresiones duras que comprueban su práctica en nuestro país. ¿Podremos olvidar la muerte del Concejal Albán y la del Capitán Acosta? ¿Cómo no dejar de tener presente el rostro sin vista de Rufo Chacón a causa de los perdigonazos disparados a mansalva por un policía? Y ¿en qué han quedados las denuncias, los testimonios, las peticiones de justicia? Quienes se creen dueños del país y del poder no han respondido. En muchos países, con un gobierno decente, el Ministro de la Defensa y las autoridades correspondientes hubieran ya renunciado, para facilitar las investigaciones y para mostrar algo de vergüenza. Y los directores de los organismos responsables ya estuvieran no sólo investigados sino invitados a asumir sus responsabilidades. En Venezuela: “bien, gracias. No ha pasado nada”.

Las reacciones se sienten: el silencio y el miedo de quienes están en funciones de servicio para la “seguridad” del país. Hay cacería de brujas, pues nadie quiere hablar; todos se sienten perseguidos o vigilados… y lo peor del caso, junto a con-nacionales hay extranjeros que lo hacen también. Ya no hay capacidad de asombro para reaccionar, sino miedo parejo que impulsa a “cuidarse” de los otros compañeros y a guardar silencio.

Otra situación vivida hace pocos días y, que parece seguir “en pleno desarrollo”, es el movimiento de tropas hacia las fronteras, en especial hacia Colombia. Se presenta como excusa la necesidad de “ejercicios militares” para estar preparados por si acaso se da una invasión extranjera. La presencia de militares de otros países es colocada como de asesoramiento y de apoyo. ¿Cuánto cuesta a la nación todo ese montaje? No hay dinero para dotar de medicinas a los centros hospitalarios ni para surtir adecuada y económicamente a los expendios de alimentos… pero sí los hay para comprar uniformes y armamentos. Nos presentaron camiones lanza misiles, misiles y otras cosas más… ¿Para qué? ¿Para asustar al pueblo? ¿Para amedrentar? ¿Para hacer ver que se tiene un poder destructivo?

La reacción de la gente ha sido clara: lo ha sentido como un irrespeto más a la inteligencia del pueblo venezolano. Y para quienes les gusta las proyecciones internacionales de esto, una prueba más de que las grandes potencias no piensan en Venezuela, sino como una ficha geopolítica. ¿A qué están jugando? ¿A una nueva expresión de guerra fría? Y la otra pregunta que muchos se hacen en la calle: ¿de verdad, eso que mostraron es armamento sofisticado u otra chatarra vendida por los rusos?

Para colmo de los colmos, en estos últimos días se ha dado otro evento que ofende la dignidad, la esperanza y la inteligencia de los venezolanos: el espectáculo montado por dirigentes del ejecutivo nacional con representantes minoritarios de una facción de la oposición. Han negociado cosas, nuevamente, que favorecen al gobierno para permanecer en el poder y así poder acceder a  cuotas de ese poder y seguridad de propios intereses. ¿A quién van a engañar? Ni a ellos mismos que están acostumbrados a trastocar la verdad por la mentira.  Las reacciones no se hicieron esperar: desde las interrogantes hasta el rechazo. En el acto realizado, los embajadores europeos mostraron un poco de dignidad y se retiraron del “show”.

Lo peor del caso es que quienes eso organizaron y participaron se creen los súper-héroes de la situación y pretenden dar la impresión de haber dado un paso adelante. Pero tal y como se han venido dando en los así denominados “diálogos” entre los grupos políticos, siempre han faltado otros factores no menos importantes: la academia, los gremios, los sectores populares. Ellos se creen los únicos pensantes en el país.

Con estos tres eventos, antes mencionados y, particularmente el último, se ha faltado el respeto a todo el pueblo de Venezuela. Quienes estén en desacuerdo serán acusados de “golpistas”, desestabilizadores, “vende patria”, y pare de contar… Se ha irrespetado nuevamente la dignidad y la inteligencia de nuestra gente. Un prócer de la Independencia venezolana dijo alguna vez: “el pueblo puede burlarse del gobierno; pero nunca el gobierno debe burlarse del pueblo”. Desde hace años se hace burla del pueblo. Y uno de las intenciones de esa burla es demostrar que quien tiene el poder, sencillamente, sólo se preocupa de sus nuevas riquezas que han creado una sequía prolongada en la sociedad venezolana. Otra intención, fríamente calculada, es “acostumbrar” al pueblo a su sufrimiento y así terminar haciéndose la pregunta ¿podremos asombrarnos? La cual desemboca en otra interrogante: ¿Podremos reaccionar?

Desde nuestro papel de pastores, sabiendo que somos parte del pueblo y a él nos debemos en el servicio, actuando en nombre del Evangelio de la vida y de la libertad, reaccionamos ante todo esto. No sólo con nuestra palabra y acciones de solidaridad. Sino ante todo con nuestra cercanía a ese mismo pueblo que debe confiar en nosotros. Como pastores, repudiamos todo lo que sea atentar contra la vida humana, la tortura, el empobrecimiento de la gente. Como pastores de una Iglesia sin fronteras, no podemos aceptar que quienes deberían construir puentes de encuentro e integración, se burlen de los esfuerzos solidarios presentes en la frontera mostrando una fuerza irracional y amenazante.

Asimismo, como pastores de la Iglesia, en comunión plena entre nosotros y con la gente de nuestro país, rechazamos las negociaciones de grupos políticos y el gobierno, que pretenden hacer creer la existencia de un diálogo fructífero. Es el maquillaje de la mentira y de las componendas. Como lo hemos señalado en más de una ocasión, el pueblo quiere un cambio de sistema político, un cambio en la dirección del gobierno. Para ello, es urgente y necesario que se den elecciones presidenciales y quien detenta el poder ejecutivo se retire. No es un momento para componendas ni para asegurar intereses particulares ¿Dónde está el verdadero bien común? ¿Dónde está la preocupación por la dignificación de la gente?

Con gente que ha optado por la dictadura y tiranía no se puede negociar. Cuando ellos hablan de diálogo lo hacen para apantallar y para dar una apariencia. Si hubiera diálogo auténtico, la primera actitud debería ser la de la escucha del otro; en este caso, el mismo pueblo que no  es atendido en sus clamores. Diálogo no es convocar a unos cuantos delante de diplomáticos o representantes de instituciones varias para hacer creer que se quiere un cambio. Lo que han hecho quienes han roto toda sintonía con el sentir de la gente no es sino jugar al cambio gatopardiano: “cambiar para no cambiar”.

En una de las cartas del Apocalipsis a las siete Iglesias, hay una instrucción que nos sirve de orientación en estos momentos: El Ángel le habla a una de las Iglesias (Sardes) que puede ser imagen de la nuestra (en Venezuela): “Despiértate y reafirma lo que todavía no ha muerto” (Apoc. 3, 2). En ese mismo libro, hay una advertencia para todos aquellos que juegan con el pueblo y se han dejado llevar por la mediocridad: “Desgraciadamente eres tibio, ni frío ni caliente; y por eso voy a vomitarte de mi boca… ¡Vamos!, anímate y conviértete” (Apoc. 3, 16.19).

Sin dejar de hacer lo que debemos realizar, una de las cosas que, como pastores, hemos de continuar haciendo es el anuncio evangélico de la conversión y del compromiso por el cambio que requiere la sociedad venezolana. No lo podemos dejar para más tarde aguardando a ver si se trastoca todo. No olvidemos, como nos lo enseña el magisterio eclesial (sobre todo latinoamericano) que la misma gente debe ser el agente del cambio, el sujeto social activo. No como pretenden los que se creen dueños del poder, seducir y adormecer al pueblo con dádivas y con falacias basadas en engaños que ni ellos mismos se creen.

Si somos fieles al Evangelio, sin duda alguna, podremos de verdad asombrarnos para no conformarnos ni resignarnos. Y, entonces, mantener viva la esperanza, con la actitud de una reacción que desde las bases pueda conmover todo el aparato ideológico y de poder opresor. Ojalá que otros puedan profundizar estas reflexiones con más ideas, con propuestas y sobre todo haciendo sentir que el pueblo unido y motivado por asegurar su propio porvenir dará los pasos importantes. Por ser pastores no dejamos solos a nuestros hermanos… desde el anuncio y denuncia y las obras de misericordia y solidaridad hasta mayores compromisos para ir buscando las auténticas salidas.

 

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.

 

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