Santa Teresa de Jesús escribió que el alma humana es un castillo de diamante o muy claro cristal, con siete moradas concéntricas y a Dios en el centro. Lo más audaz de la metáfora es que el castillo no está en ningún lugar del mundo; el castillo somos nosotros mismos
En el sacrificio eucarístico, no solo llevamos al altar el pan y el vino, en ellos, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de su Hijo
El Evangelio ofrece la imagen exacta de lo que toca hacer: el samaritano cura al herido, lo carga sobre su cabalgadura y lo lleva a una posada para que se restablezca (cf. Lc 10, 30-35). “Esa posada es la Iglesia”
No es que Cristo vuelva a morir, es que el único y definitivo sacrificio que Jesús hizo en el calvario se desborda en el tiempo y alcanza nuestro presente