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Una brújula al corazón

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En su cuarta encíclica, Dilexit Nos, el papa Francisco nos entregó una brújula espiritual para navegar en medio de una sociedad líquida que parece haber perdido su centro. La premisa fundamental resulta bastante clara, pero compleja: solo a través del corazón podemos integrar nuestras fragmentaciones, sanar nuestros vínculos y reconocer nuestra identidad más profunda.

Esta invitación resuena con una exhortación hecha hace muchos siglos atrás por parte de San Agustín de Hipona: Redite ad cor (Volved al corazón): “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad; y si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo”, escribe siguiendo la pista del Conócete a ti mismo, grabada en el templo de Apolo en Delfos, hasta las frases similares de Séneca, pero principalmente atendiendo al Evangelio de Juan, sobre el cual comenta: “¡Regresad al corazón! ¿Por qué os vais de vosotros y perecéis por vosotros? ¿Por qué vais por caminos solitarios? Erráis vagando”.

Luego, refrescando la invitación, revela la meta, la patria del itinerario humano: “Regresa al corazón: allí ve qué percibes quizá de Dios, porque allí está la imagen de Dios. En el hombre interior habita Cristo; en el hombre interior eres renovado a imagen de Dios; en su imagen conoce a su autor”. Este recorrido hacia la interioridad al cual invita san Agustín es un recorrido que no ha hecho solo él, sino otros más que confirman los señalamientos hechos.

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Dilexit Nos parte del principio de reconocer al corazón como el lugar de la verdad, espacio en el cual el ser humano se encuentra consigo mismo y con Dios. San Agustín, en sus Confesiones, advirtió que Dios es más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad (interior intimo meo). Por tal motivo, volver al corazón no es un repliegue egoísta, sino un retorno al lugar donde habita la verdad. San Bernardo de Claraval desarrolla esta idea al describir el corazón, no solo como un lugar de introspección, sino como un espacio de encuentro nupcial. El corazón es comprendido como el recinto donde el alma busca el beso del Verbo.

El papa Francisco coincidirá con esta visión cisterciense al afirmar que el corazón no es un músculo solitario, sino el órgano de la relación. San Bernardo nos presenta que el retorno al corazón viene a ser el paso previo para la salida hacia el Amado; es allí donde se cultiva la humildad que permite recibir el amor divino. Definirá, entonces, la humildad como la virtud por la cual el hombre, bajo un conocimiento exacto de sí mismo, se desestima ante sus propios ojos.

Dios es como el agua que siempre fluye hacia los lugares más bajos (los valles). Si el corazón está alto por el orgullo, el amor divino resbala. Si el corazón se hace bajo (humilde), el amor de Dios se queda allí para conducirlo a la plenitud.

San Francisco de Sales en su Tratado del Amor de Dios presenta al corazón como asiento de la voluntad y el origen de la libertad. La verdadera devoción consistirá en hacer todo por amor y nada por fuerza. Esta unidad interior es la que el papa Francisco busca promover: un corazón que unifique lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos.

El volver al corazón salesiano es un ejercicio de discernimiento afectivo: aprender a escuchar los latidos de Dios en los detalles de la vida cotidiana. La Iglesia, madre y maestra, tiene en su seno una reserva espiritual profunda que sirve al hombre como brújula que oriente hacia el corazón y, desde allí, transformar la realidad para hacerla más querible y amable. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz Arteaga

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